—Señorita Yara, la «Sinfonía del Viento Puro» no es tan delicada como su nombre sugiere. Tiene un rango sonoro inmenso y su técnica es sumamente compleja y cambiante. Pone a prueba la verdadera capacidad de quien la interpreta. ¿Está completamente segura de que desea tocar esta pieza?
Uno de los profesores, temiendo que su ambición le jugara una mala pasada, le advirtió de buena fe.
A su lado, la profesora Lidia no toleró el comentario.
—Nuestra alumna Yara es, sin lugar a dudas, el talento musical más brillante de toda la Universidad del Sur. Su interpretación anterior de «Vientos de Niebla» fue tan magistral que la convirtió en la única estudiante de nuestra institución en clasificar al Concurso de Música Dorada. Su capacidad es incuestionable. Le ruego, profesor, que no la subestime.
—No la estoy subestimando en absoluto. Solo digo que esta pieza es un verdadero reto.
—No mida a Yara con la misma vara que a los demás. Ella no es como esos tramposos que intentan buscar atajos, como Marco. En vez de preocuparse por si ella lo hará bien o no, tal vez debería preocuparse por la inmensa presión que su actuación va a ponerle a la estudiante que toca después de ella.
La profesora Lidia había estado callada todo este tiempo, aterrada de que el fuego cruzado la alcanzara. Pero ahora que su alumna estrella estaba por aplastar a la peor estudiante de todas, Roxana, su complejo de superioridad volvió a salir a la luz.
Mientras hablaba, lanzó una indirecta envenenada:
—Después de todo, hay ciertas personas que, por tener un mínimo de talento, se vuelven tan arrogantes que creen que pueden pisotear a los verdaderos genios de la universidad. Si me lo preguntan, es a esa clase de estudiantes a los que deberíamos aconsejar, antes de que terminen manchando el buen nombre de nuestra universidad.
Don Abelardo no podía entenderlo. Su pequeña siempre se comportaba con tanta dulzura y educación, jamás le faltaba el respeto a sus mayores. ¿Por qué demonios la profesora Lidia le tenía tanto odio?
—Profesora Lidia, ese no es un asunto que deba preocuparle a usted. Le pido que corrija su actitud y no se meta en asuntos que no le competen.
La arrogancia de Lidia se hizo añicos en un instante. Sonrió con profunda vergüenza y no volvió a abrir la boca.
El profesor Javier ya había escuchado a Silvano hablar maravillas sobre Roxana, pero no había tenido la oportunidad de conocerla hasta ahora.
Al observarla con detenimiento, se llevó una gran sorpresa.
Roxana se veía mucho más joven de lo que imaginaba, y su mirada era infinitamente más fría que la de cualquier persona de su edad.
Sí, frialdad absoluta.
Aparentaba ser relajada, despreocupada y fácil de tratar, pero en sus ojos no se reflejaba ninguna emoción.

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