Yara, al ver cómo Roxana brillaba y acaparaba por completo la atención de los chicos, se sentía consumida por la envidia y el odio.
Toda esa atención debía ser para ella, pero Roxana se la había arrebatado.
Ya era bastante con que le hubiera robado el cariño de sus padres, ¿por qué tenía que perseguirla también en la universidad como una maldición?
Ya no podía esperar para ver cómo Roxana perdía. En cuanto esa cualquiera fuera expulsada de la Universidad del Sur, ¡se aseguraría de inventar toda clase de rumores para arruinar su reputación y pisotearla en el lodo!
Dentro del aula de examen.
Todos los estudiantes iban pasando uno por uno para interpretar sus piezas musicales. Silvano era el cuarto de la fila.
Ver que los tres anteriores no lograron arrancar ni una mínima sonrisa a los jueces hizo que su presión se multiplicara.
—Número ochenta y cuatro, Silvano Sarmiento.
Cuando el director del departamento pronunció ese nombre, Don Abelardo, que hasta ese momento no había levantado la mirada, lo observó con frialdad.
«Demasiado flaco. No aguantaría ni dos golpes de esa niña. ¡No, no es adecuado para nada!»
El director, que estaba atento a sus reacciones, se acomodó en la silla para darle mayor importancia, dado que el mismísimo rector le había prestado atención.
—Silvano, puedes comenzar tu interpretación.
Silvano preparó su violín, respiró hondo para despejar su mente y comenzó a tocar.
En la planta baja.
—¡Ya empezó, ya empezó! ¡Me pregunto qué canción tocará para limpiar su nombre!
—No sé... Hace tiempo escuché la canción por la que lo acusan de plagio y era bastante buena. Con tan poco tiempo, quién sabe si pudo componer algo mejor.
—Habrá que esperar a ver.
Roxana también estaba a la expectativa.

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