Roxana volteó y vio a un tipo bastante rechoncho que salía rebotando desde una esquina.
¿Y ese fenómeno de dónde salió?
Por puro instinto, agarró un vaso de vidrio que estaba cerca, lista para lanzárselo a la cabeza.
Alcira, al escuchar que era Carlos Valente, rompió a llorar, esta vez de verdad.
—¡Carlos, ayúdame por favor!
Carlos había estado esperando en el segundo piso, pero al ver que la belleza que le habían prometido no llegaba, perdió la paciencia y bajó a buscarla. Al salir del ascensor, vio a un montón de tipos arrastrando a su cita. La furia le subió a la cabeza.
—¡Que la suelten! ¿Quién les dio permiso para tocar a mi mujer, pedazo de inútiles?
¡Zaz!
Justo cuando terminó de gritar, el vaso de vidrio le dio de lleno en la frente.
Roxana ya no lo soportó más; ese tipo estaba colmando su paciencia.
Tal vez fue por la capa de grasa en su rostro, pero el vaso no se rompió. Rebotó en su frente, rodó por su hombro, cayó sobre su zapato y finalmente aterrizó en el suelo haciendo un fuerte ruido de cristal.
—¡Aaah! —chilló Carlos como un cerdo en el matadero, agarrándose la cabeza y el pie—. ¡Mi cabeza! ¡Mi pie!
El gerente vio todo y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no aplaudirle a la señorita Roxana.
Escuchar los lamentos de Carlos fue como música para sus oídos.
Ese imbécil, por ser el único heredero varón en tres generaciones de la familia Valente, se creía el rey del mundo en Veridia. Había ofendido a tanta gente que sus padres lo mandaron a esconderse a Puerto Esperanza.
Pero ni ahí aprendió la lección. Como sabía que el Dueño Darío rara vez estaba en la ciudad, iba a El Mirador a armar escándalos constantemente. El gerente ya no lo soportaba.
¡Se lo tenía bien merecido!


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