La mayoría pensaba que la rivalidad entre Silvano y Marco tenía sentido; después de todo, compartían una dinámica familiar complicada y llevaban años en guerra. Pero, ¿qué mosca le había picado a Roxana?
—A ver, si no me falla la memoria, esa chica nueva llegó a la escuela hace menos de una semana, ¿no? Qué manera de buscarse problemas. Lo de andar a golpes ya era demasiado, pero ahora hasta se metió con el genio de Caleb. ¿Está loca?
—De loca no tiene nada, está más cuerda que tú y que yo. Seguro hizo todo este circo solo para llamar la atención de Caleb.
—Pues qué ganas de querer volar muy alto sin tener alas. ¡Pura fantasía! ¿Acaso no sabe quién es Caleb? En toda la universidad, la única digna de estar a su lado es nuestra diosa Yara. ¿Quién se cree que es Roxana? ¡Ni a los talones le llega!
—Más que sus ganas de llamar la atención, a mí lo que me intriga es que haya apostado por el primer lugar. Díganme algo, ¿cabe la mínima posibilidad... de que tenga alguna forma de ganar?
Alguien lo sugirió y los demás captaron la indirecta. En un segundo, la mente de todos se llenó de conspiraciones.
—¿Insinúas que... Don Abelardo tiene algo que ver?
—No creo. Don Abelardo es una eminencia, un santo. Aunque le tenga aprecio, jamás rompería sus propios principios por ella, ¿o sí?
—No estaría tan seguro. ¿Acaso no vieron que la otra vez ella le desfiguró la cara a un tipo a golpes, y en lugar de castigarla, Don Abelardo le dejó a ella decidir si expulsaba a los culpables?
—¡Ya, cállate, me estás dando escalofríos! ¡Yo solo quiero graduarme en paz! ¡Mejor me voy a estudiar!
—Yo igual. Don Abelardo es mi ídolo, un investigador intachable. Me niego a creer que sea un viejo rabo verde... ¡Digan lo que digan, no lo creo!
Aunque preferían pensar que no había ninguna relación turbia entre ellos, seguían sin poder explicar por qué el Rector mimaba tanto a Roxana.
Mientras tanto, en la oficina del Rector.
Después de echar a patadas al director de la facultad, Don Abelardo esbozó una sonrisa aduladora y se acercó a Roxana con extremo cuidado.
—Muchachita, sé lo mucho que odias los problemas, de verdad lamento que tengas que pasar por esto en la Universidad del Sur. Pero mira, querías apostar y te seguí la corriente, así que ahora te toca estudiar en serio. ¡Ay de ti si dejas que mi sobrino nieto te gane! ¡Me dejarías en ridículo frente a todo el mundo!
Lo único que le aterraba era que, con lo relajada que era la chica, no se tomara el examen en serio, cometiera un error y perdiera ante Caleb. ¡Si eso pasaba, lloraría a mares!


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