Aunque Roxana no prestó atención deliberadamente, la conversación se coló con claridad en sus oídos.
—¡Silvano, te lo advierto! Si vuelves a fallar en el examen de la Academia de Élite, ¡tú y tu madre prepárense para que la Familia Sarmiento acabe con ustedes!
—Este es un asunto entre tú y yo, deja a mi madre en paz. Ella ya está muy enferma, ¡no empeores su condición!
Roxana se detuvo. Esa voz le resultaba familiar.
—¿Y qué pasa si quiero meterme con ella? No eres más que el hijo ilegítimo de mi padre. Él fue muy claro: naciste para ser mi escalón. Si ni siquiera sirves para eso, bien puedes irte a morir junto a esa enferma. ¡Así la familia dejará de desperdiciar dinero manteniendo a dos basuras!
Justo al pasar por el cruce del sendero, Roxana vio a un chico arrogante salir apresuradamente.
Al notar que había alguien en el camino, se asustó. Estaba a punto de gritar enfurecido, pero al reconocer a Roxana, cerró la boca de golpe, agachó la cabeza y se marchó a toda prisa.
Poco después, Roxana vio salir a un chico alto, delgado y de rostro atractivo. Lo reconoció al instante; era uno de los jóvenes que le habían indicado el camino el día que ingresó a la universidad.
Silvano Sarmiento se quedó paralizado al verla, como si no esperara encontrarse a nadie en ese momento.
—Tú...
Roxana notó que el rostro del muchacho estaba rojo e hinchado, y tenía el cuello de la camisa estirado. Evidentemente, acababan de darle una paliza.
Ella habló con tono tranquilo:
—Solo estaba pasando por aquí. ¿Necesitas ayuda?
Silvano curvó levemente la comisura de sus labios inflamados, esbozando una sonrisa a medias, entre irónica y solitaria.
—No, gracias. Estoy bien.
Probablemente no había nadie en el mundo que pudiera ayudarlo.
Al oír su respuesta, Roxana se dio la media vuelta dispuesta a marcharse, pero Silvano la detuvo.
—El consejo que nos diste la última vez nos sirvió de mucho. Gaspar y yo dijimos que si volvíamos a verte, te daríamos las gracias. Así que... gracias.
Roxana hizo un gesto restándole importancia.
—Solo hice una sugerencia. Si lograron arreglar la partitura fue gracias a su propia habilidad, no tienen que agradecerme nada.
Pero Silvano pensaba distinto.



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