Dominic fue a buscar a Grace al apartamento, entrada la noche. Usó sus llaves y entró.
Lo primero que notó fue el silencio. No el habitual, sino uno distinto, vacío. Caminó unos pasos y se detuvo en seco. Había cajas junto a la pared.
Fue hasta el dormitorio. Grace no estaba. Avanzó abriendo puertas, revisando espacios que no necesitaban revisión. El armario estaba vacío. El baño no tenía sus cosas.
Sintió una molestia incómoda en el pecho. Irritante. Inexplicable.
Bajó a recepción sin cambiar el gesto.
—Buenas noches —dijo—. ¿La señorita Scott?
El recepcionista consultó en la pantalla.
—Se fue esta tarde, señor Pierce —respondió—. Dejó las llaves y pidió que se le informara si usted preguntaba.
Dominic apretó la mandíbula.
—¿Dijo algo más?
—No, señor.
Asintió, seco, y regresó al ascensor.
De vuelta en el apartamento, caminó hasta la sala. Abrió una de las cajas. No había ropa. Solo objetos que Grace había decidido no llevarse.
En el fondo encontró una fotografía. La tomó entre los dedos. Era de una noche cualquiera, en ese mismo lugar. Ella sonreía apenas, apoyada en su hombro. Él no recordaba haber sonreído, pero lo estaba haciendo.
La guardó sin pensarlo.
Debajo, una cadena fina, la que él le había regalado hacía meses. La levantó con cuidado. El metal estaba frío.
Dominic cerró la caja.
Se quedó de pie un momento, mirando el lugar como si esperara que algo cambiara. No lo hizo.
Tomó las llaves del mostrador y salió del apartamento. Cerró la puerta con la misma calma de siempre. Sin prisa. Sin mirar atrás.
En el ascensor, abrió la mano y miró la cadena y la fotografía descansando en su palma.
Las guardó en el bolsillo interno del saco.
Su rostro no mostró nada.
Pero mientras descendía, esa presión incómoda volvió a instalarse en su pecho, más fuerte que antes, recordándole algo que no estaba dispuesto a aceptar todavía.
Grace se había ido.
Esa noche, en su enorme apartamento, Dominic se sirvió otro trago, más por costumbre que por sed. El alcohol no lograba silenciar esa presión incómoda que se le había instalado en el pecho desde que salió del apartamento vacío. Cuando el timbre sonó, alzó la vista con una expectativa breve, automática.
Se puso de pie y abrió la puerta.
No era Grace.
Era Sarah.
Entró con seguridad, envuelta en un vestido de seda rojo que resaltaba cada una de sus curvas. Era hermosa, elegante, exactamente lo que el mundo esperaba ver a su lado.
—Vine a quedarme contigo —dijo ella, sin rodeos—. Pronto seremos marido y mujer. No veo por qué seguir fingiendo distancia.
Dominic se hizo a un lado para dejarla pasar y cerró la puerta. Sarah se acercó, lo rodeó por el cuello y lo besó con naturalidad, como si ese gesto le perteneciera por derecho.
Él respondió al beso. No con ternura, sino con una necesidad seca, práctica. Sus manos recorrieron la espalda de Sarah y bajaron el cierre del vestido sin detenerse a pensar. La condujo hasta la alcoba y la recostó en la cama con movimientos seguros, conocidos.
Todo estaba bien. Sin embargo, cuando la tocó, algo no terminó de encajar.
Sarah era firme, impecable, segura de sí misma. Cada gesto estaba medido, cada respuesta prevista. Dominic cerró los ojos un instante, intentando concentrarse en lo que tenía delante, en la mujer que debía desear.
Pero su mente fue en otra dirección.
No pensó en el cuerpo que tenía bajo las manos, sino en el que ya no estaba. En la forma en que Grace se aferraba a él cuando estaban juntos. En cómo lo miraba cuando creía que él no se daba cuenta. En ese silencio suyo que nunca había sido vacío.


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