Dominic se acercó al borde de la camilla y besó la frente de su madre con infinita ternura. El alivio le inundaba el pecho tras tantos años de malentendidos.
—Descansa, mamá. Recupérate pronto, que tus nietos están ansiosos por conocerte —le dijo Dominic con una sonrisa sincera, sosteniéndole la mano.
Leonor se emocionó visiblemente, asintiendo con los ojos empañados en lágrimas de felicidad pura mientras se despedía de su hijo con un cariño que había tenido guardado por décadas. Sin embargo, antes de que él soltara su mano, la condesa frunció el ceño, asaltada por una repentina preocupación.
—Cuida a Grace, Dominic... —le advirtió Leonor con la voz aún ronca—. Tu abuela Charlotte es un peligro latente y no se va a quedar de brazos cruzados.
—Cuidaré a Grace con mi vida si es necesario —respondió Dominic con total firmeza en la mirada, dándole la seguridad que necesitaba.
Dominic salió de la unidad coronaria a paso rápido. Al cruzar la puerta, se topó de frente con el imponente ruso.
—Nikolai, cuida a mi madre. No te muevas de aquí —le ordenó el CEO, y el guardaespaldas asintió con un gesto serio y decidido.
Grace, que esperaba a unos metros, se acercó de inmediato y le tomó el brazo con visible preocupación.
—¿Cómo está la condesa? —preguntó ella.
—Se ve muy bien, fuerte —contestó Dominic, exhalando un suspiro que arrastraba años de tensión—. Siento una felicidad que no me cabe en el pecho, Grace. Es como si me hubieran devuelto el alma al cuerpo... recuperé a mi mamá.
Grace lo abrazó con ternura, compartiendo su alegría, pero ambos sabían que el deber llamaba. Salieron del hospital con rumbo directo a las oficinas principales de Global Pierce para hacerse cargo de inmediato de los desastres y las pérdidas que había ocasionado la filtración de ese video en la gala.
Al entrar al piso ejecutivo, el ambiente se sentía denso. En la recepción del despacho de presidencia, el vicepresidente del consorcio asiático, el señor Li Wei, esperaba de pie con semblante rígido. A su lado, con una sonrisa de suficiencia que encendió las alarmas de Dominic, estaba André.
—Los estaba esperando —soltó André, dando un paso al frente con desparpajo—. El señor Li Wei ha esperado demasiado tiempo por una explicación. Además, como ya sabrán, las acciones de Global Pierce han bajado notablemente luego de tanto escándalo mediático.
Dominic no se inmutó. Avanzó con la postura imponente de un CEO poderoso, clavándole una mirada letal que hizo retroceder al mismo André.
—Un escándalo que tú mismo provocaste, André, en obvia complicidad con mi abuela —le espetó Dominic con voz gélida y cortante.
André levantó las manos en falso signo de inocencia, fingiendo indignación.
—Yo no tuve nada que ver con eso, Dominic. No tenía idea de lo que contenía ese archivo; a mí me aseguraron que era un video puramente corporativo. No me metas en tus problemas familiares.
Dominic se inclinó sutilmente hacia el frente, apoyando los antebrazos en la mesa de juntas. Sus ojos se afilaron como navajas.
—Las operaciones están blindadas, señor Wei —sentenció Dominic con voz firme y calculadora—. Sin embargo, para mantener este acuerdo en pie, yo tengo una condición innegociable. Tenemos un trato, siempre y cuando André Brown ya no esté en medio de nosotros.
Li Wei arqueó una ceja, escuchándolo con atención. Grace cruzó las manos sobre el escritorio, sosteniendo la mirada del inversionista para demostrar que estaba en perfecta sintonía con Dominic.
—André ha demostrado no ser una pieza confiable para los intereses de ninguna de las dos empresas —añadió Dominic, fulminante—. Fue él quien manipuló información confidencial para dañar a mi familia, arrastrando la imagen de su consorcio en el proceso. No voy a permitir que un incompetente resentido sea el puente de nuestros negocios. Exijo que lo despida de inmediato y que deje de ser su representante en Norteamérica. De lo contrario, las puertas de Global Pierce se cierran para ustedes hoy mismo.
El vicepresidente asiático meditó las palabras del CEO por un breve y tenso segundo. Para Li Wei, André era perfectamente prescindible si ponía en riesgo un contrato multimillonario de distribución marítima. Con un movimiento seco, el inversionista tomó su teléfono celular de la mesa y marcó un número.
—Comuníqueme con recursos humanos de la sede central —ordenó Li Wei en su idioma natal, manteniendo los ojos fijos en Dominic—. Preparen la revocación inmediata de poderes y la carta de despido para André. Brown. A partir de este momento queda desvinculado de todas las operaciones en Norteamérica.
El asiático colgó el teléfono, guardó el aparato en el bolsillo de su saco y miró a la pareja con una reverencia formal de cabeza.
—Asunto resuelto, señor Pierce. André está fuera. Ahora, firmemos la continuidad de nuestra alianza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO