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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 173

Dimitric miró a su hijo con los ojos empañados, conmovido por la lealtad de Dominic, cuando el sonido de unos pasos suaves llamó la atención de todos. Grace apareció en la sala, luciendo un vestido sencillo y con el rostro un poco pálido, pero con una sonrisa cálida que iluminó el espacio de inmediato. Al verla, los niños corrieron hacia ella con entusiasmo.

—¡Mamá! —exclamó Doménica, apuntando al recién llegado—. ¡Él es nuestro abuelo y no es el conde Drácula!

Grace soltó una pequeña risa, contagiada por la inocencia de su hija, y caminó hacia los dos hombres. Se detuvo frente al padre de su prometido, mirándolo con profundo respeto y amabilidad.

—Señor Pierce, bienvenido —le dijo Grace, extendiéndole la mano con cortesía.

Dimitric tomó su mano con delicadeza, forzando una sonrisa cansada pero agradecida.

—Muchas gracias, Grace —respondió el hombre, acomodándose el abrigo—. Aunque ya me voy, solo vine a despedirme de Dominic.

—Mi papá se va de viaje y lo voy a acompañar —intervino Dominic, dando un paso al frente para colocarse al lado de Grace y mirándola con una fijeza protectora—. Es un viaje necesario.

Grace captó de inmediato la seriedad en los ojos de Dominic y el peso del momento, intuyendo perfectamente el destino de ese viaje. Asintió despacio, suavizando la mirada.

—Entiendo perfectamente —dijo Grace, mirando a ambos hombres con firmeza—. Pero no pueden irse con el estómago vacío. No se van sin desayunar. Voy a preparar algo rápido para todos y así salimos juntos.

—¡Sí, abuelo, quédate! —exclamó Derek, jalando suavemente la manga del abrigo de Dimitric—. Quédate a desayunar y te vamos a mostrar nuestras fotos.

—¡Ustedes tienen escuela! —los cortó Dominic con su habitual tono estricto y ejecutivo, revisando su reloj de muñeca—. El tiempo está medido, Derek.

Grace se giró hacia él, colocándole una mano en el pecho con suavidad y mirándolo con paciencia para aplacar su rigidez.

—Déjalos, Dominic —lo reprendió Grace con voz dulce—. Apenas están conociendo a su abuelo. Deja que disfruten este momento juntos, la escuela puede esperar unos minutos.

Dominic suspiró, cediendo de inmediato ante la petición de su mujer y relajando los hombros. Al ver que tenían el permiso asegurado, Doménica soltó una risita limpia.

—¡Voy por el álbum digital! —anunció la niña, dando media vuelta y corriendo a toda prisa hacia la habitación de juegos.

Regresó en un par de segundos cargando la delgada pantalla táctil entre sus manos y se sentó en el sofá junto a su hermano. Derek tomó el dispositivo de inmediato, intentando presionar el botón de encendido con fuerza. Al ver que la pantalla permanecía completamente negra, el niño arrugó la frente, picó el cristal varias veces con el dedo y empezó a bufar de pura frustración.

—¡No prende! ¡Esta porquería no sirve! —exclamó Derek, enojándose y cruzándose de brazos con un mohín de indignación.

—¡Derek! ¡Cuida tu vocabulario! —reprendió Grace.

El niño inclinó la cabeza, se mordió el labio inferior.

—Es que esta porquería no sirve —susurró bajito.

Dominic caminó hacia el sofá, se inclinó sobre sus hijos y tomó el aparato con total calma. Con un movimiento preciso de sus dedos, deslizó el interruptor lateral de seguridad que los niños siempre olvidaban y la pantalla se encendió de inmediato, mostrando las fotografías familiares.

—Listo —dijo Dominic, dándole un toque cariñoso en la cabeza a su hijo—. No hay necesidad de enojarse, solo estaba bloqueado. Muéstrenle las fotos a su abuelo mientras su madre y yo preparamos el desayuno.

****

Maxwell se presentó en la mansión de Arthur Colleman a primera hora de la mañana. Tras anunciarse con el personal de servicio, el anciano lo hizo esperar una larga y deliberada media hora en el vestíbulo, buscando marcar territorio. Cuando finalmente apareció, Arthur arrastraba los pies con pesadez y se apoyaba con fuerza en su bastón, fingiendo estar muchísimo más enfermo y demacrado que de costumbre para causar lástima.

—Es muy fácil, Maxwell. Al ser tu socio, yo dejo de pagar por logística externa —reveló el viejo con cinismo, mostrando finalmente una parte de sus cartas—. Yo pongo una buena cantidad de capital a cambio de que tu empresa se encargue de transportar toda mi mercadería de ahora en adelante. Es un negocio redondo para ambos.

Maxwell soltó una risa seca, despectiva, y ni siquiera se tomó la molestia de considerar la oferta.

—No me interesa —sentenció Maxwell, dando un paso al frente para cortar el tema de raíz—. Y yo no vine a esta casa a hablar de negocios contigo, Colleman. Vine a dejarte una cosa muy clara: puede que engañes a Sarah porque es tu hija y lleva tu sangre, pero yo te conozco perfectamente bien. Sé la clase de escoria que eres y no creo en absoluto en tus supuestas buenas intenciones.

Arthur Colleman apretó los dedos alrededor de su bastón con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, pero mantuvo la respiración contenida mientras Maxwell lo señalaba directamente.

—Así que no te atrevas a hacerles daño, ni a ella ni a mi hijo —le advirtió Maxwell con una voz implacable y una resolución feroz—. Ya no soy el muerto de hambre indefenso de antes, Colleman. No te va a alcanzar la vida para arrepentirte si intentas tocarlos.

El anciano, herido en su inmenso orgullo y perdiendo por un segundo la fachada de viejo desvalido, se enderezó en el sillón con los ojos encendidos de rabia.

—¿Ah, sí? ¿Vienes a amenazarme en mi propia casa, Foster? —le espetó el viejo, con la voz temblando de puro coraje.

—No es una amenaza, es una advertencia —declaró Maxwell con total frialdad.

Sin decir una sola palabra más, Maxwell le dio la espalda, cruzó el opulento vestíbulo a paso firme y salió de la mansión, dejando la puerta abierta detrás de él.

En cuanto se quedó solo en la enorme estancia, Arthur Colleman estalló. Levantó el bastón y lo azotó con furia contra el suelo, con el rostro completamente desfigurado por el odio y la humillación.

—¡Maldito seas, Foster! ¡Infeliz muerto de hambre! —maldijo el viejo entre dientes, jadeando por el esfuerzo y sintiendo que la sangre le hervía—. Te vas a arrepentir... juro que te vas a arrepentir de haber venido a mi propia casa a desafiarme. Los voy a destruir a todos.

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