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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 199

Dominic caminó con sigilo por el pasillo de la casa de seguridad y empujó despacio la puerta de la habitación de huéspedes. Al entrar, encontró a Sarah terminando de abotonar la camisa limpia de Arthur, quien estaba sentado en el borde de la cama moviendo los pies con energía, recién cambiado para empezar la mañana.

Al ver aparecer a Dominic en el umbral, el rostro del pequeño se iluminó por completo.

—¡Papá Dom! —exclamó Arthur con entusiasmo, usando el tierno apodo con el que solía llamarlo, y estiró los brazos hacia él.

Dominic no pudo evitar que una sonrisa sincera borrara por un momento la rigidez de su rostro. Se acercó a la cama, cargó al niño con cuidado de no lastimarlo y le revolvió el cabello.

—¿Cómo está el campeón? Veo que ya estás listo para el desayuno.

—Sí, mamá me puso mi ropa favorita —contó el niño, y de inmediato se inclinó hacia el oído de Dominic para decirle un secreto a viva voz—: Oye, papá Dom... ya decidimos con Doménica que nos vamos a casar cuando tengamos siete años. Ayer ella me dio la mitad de su galleta de chocolate, eso significa que me ama mucho.

A Dominic se le congeló la sonrisa por un segundo y abrió los ojos de par en par. Se llevó una mano al pecho en un gesto de falso dramatismo, sintiendo ese típico pánico de padre sobreprotector.

—A ver, jovencito, ya habíamos hablado de esto cuando me pediste su mano —rezongó Dominic, entornando los ojos de manera divertida—. Quedamos en que hablaríamos de bodas cuando fueran grandes, muy grandes. Todavía te falta mucho para eso.

Sarah soltó una pequeña risa ahogada, al ver la reacción celosa de Dominic, y negó con la cabeza mientras terminaba de ordenar las cosas en la habitación. Dominic dejó al niño de vuelta en el colchón con un suspiro juguetón.

—Bueno, ve a jugar con Derek un momento, necesito hablar con tu mamá.

—¡Sí, señor! —respondió Arthur, bajándose de un salto de la cama y corriendo hacia el pasillo con la energía renovada de los niños.

En cuanto la puerta se cerró detrás del pequeño, la chispa de alegría se desvaneció y el silencio denso volvió a ocupar la habitación. Sarah suspiró, dejando caer los hombros con visible cansancio, y miró a Dominic a los ojos.

—¿Qué ocurre, Dominic? —preguntó ella, con la voz cargada de una profunda incertidumbre—. ¿Qué te dijeron los abogados?

Dominic avanzó un paso, buscando transmitirle serenidad con su postura antes de soltar la bomba.

—Tranquila, Sarah. La estrategia de las empresas funcionó a la perfección. Anthony logró legalizar todos los documentos a primera hora y el fiscal no pudo congelar absolutamente nada. Los puertos siguen operando con normalidad.

Sarah soltó un largo suspiro, dejando que la tensión acumulada en su cuello disminuyera un poco, aunque no se relajó por completo.

—Menos mal... Al menos el patrimonio está a salvo —murmuró ella, antes de notar la mirada fija y analítica de Dominic—. Pero hay algo más, ¿cierto? Te conozco, Dominic. ¿Qué pasa?

—Quiero preguntarte algo que me lleva rondando la cabeza desde que regresé del hospital —soltó él, cruzándose de brazos—. Tu padre... ¿alguna vez ha tenido negocios ilegales? ¿Sabes si se ha movido en terrenos oscuros?

Sarah frunció el ceño de inmediato, mirándolo con total extrañeza y una ligera indignación.

—Anthony, necesito que me escuches con atención —disparó Dominic en cuanto se estableció la comunicación—. No sé mucho de leyes, pero si para conseguir las pruebas en contra de Maxwell se usaron métodos no convencionales, ¿se puede desestimar el caso?

Al otro lado de la línea, Anthony guardó silencio un instante antes de responder con tono analítico.

—Depende de a qué te refieras con métodos no convencionales, Dominic. En el derecho federal existe la doctrina del fruto del árbol envenenado. Si la prueba que originó la investigación se obtuvo de forma ilícita, todo lo que venga después queda anulado y el caso se cae. ¿Qué es exactamente lo que sospechas?

—Hackearon o accedieron a información bancaria personal de Maxwell de hace años, Anthony —explicó Dominic, endureciendo la voz—. Entraron a registros privados que estaban blindados sin una orden judicial, y eso en este país es un delito federal.

—Por supuesto que es un delito penado por la ley —afirmó Anthony, y se escuchó el tecleo rápido en su computadora—. Si eso fue así, si un civil robó esos archivos y se los entregó al fiscal, las pruebas que tiene la fiscalía carecen por completo de peso legal. Serían consideradas pruebas contaminadas. Voy a investigar el origen exacto de la denuncia y cómo ingresaron esos documentos al expediente de la fiscalía hoy mismo.

Dominic apretó el agarre en el teléfono, esbozando una sonrisa fría.

—Gracias, Anthony. Y para facilitarte el trabajo, te tengo el nombre del hombre que está detrás de todo esto: Arthur Colleman.

Anthony soltó un bufido de asombro al otro lado de la línea, comprendiendo de inmediato la magnitud de la situación.

—Si ese señor hizo eso, si usó su corporación para cometer espionaje financiero y hackeo, está metido en serios problemas legales —sentenció el abogado con total firmeza—. Esto ya no es solo defender a Maxwell, Dominic; esto nos da el arma perfecta para contraatacar y obligar al fiscal a retirar los cargos si no quiere terminar en medio de un escándalo por aceptar pruebas criminales. Déjamelo a mí, voy a escarbar en esa denuncia ahora mismo.

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