Sarah tragó saliva, esforzándose por mantener una sonrisa calmada frente a los niños.
—Venimos a pasar unos días con tus amiguitos, mi amor. Va a ser divertido.
Arthur arrugó el entrecejo, recordando lo último que había visto en el hospital antes de quedarse dormido.
—¿Y papá se quedará con esos policías? —soltó el niño de golpe.
Al escuchar la palabra policías, Grace, que venía saliendo de la cocina con paso lento, se detuvo en seco. Su mirada viajó rápidamente del rostro pálido de Sarah al de su esposo. Miró a Dominic fijamente, con los ojos abiertos por la alarma.
—¿Qué ocurre? —preguntó Grace en un susurro cargado de tensión.
Derek, ajeno por completo al ambiente pesado de los adultos, se acercó a Arthur y le dio un pequeño empujón amistoso en el brazo para llamar su atención.
—Ven, Arthur, vamos a nuestra habitación —le dijo el niño, emocionado—. Hoy conocimos a nuestra abuela, la condesa, ¡y no nos chupó la sangre! No tiene colmillos ni nada.
Arthur miró a su amigo, visiblemente intrigado por la historia del vampiro, y se soltó del agarre de su madre para seguir a los mellizos pasillo adentro. En cuanto los pasos de los niños se alejaron y se escuchó la puerta del cuarto cerrarse, el silencio cayó sobre la sala.
Dominic caminó hacia Grace de inmediato. Le tomó las manos con suavidad, buscando infundirle la mayor calma posible.
—Cariño, escúchame bien. No quiero que te alteres por tu embarazo, tienes que mantenerte tranquila —empezó Dominic, sosteniéndole la mirada—. Maxwell fue detenido hace unas horas en la clínica.
Grace parpadeó, completamente descolocada.
—¿Por qué? —preguntó ella, sintiendo que el corazón le daba un vuelco—. ¿De qué lo acusan?
Dominic le explicó de manera directa y sin rodeos la situación legal de Maxwell: los manejos financieros de hace años, el capital de procedencia evasiva que usó para arrancar su empresa y la investigación por lavado de activos que la fiscalía acababa de reactivar en su contra.
Grace se llevó una mano a la boca, perdiendo el color en el rostro.
—No puede ser, Dominic… —articuló Grace con desesperación, procesando la magnitud del problema—. Los puertos se van a paralizar por completo. Las licencias aduaneras de Nueva York y San Francisco están ligadas a esa sociedad. Tenemos que hacer algo ahora mismo, no podemos quedarnos de brazos cruzados.
Sarah, que permanecía un paso atrás, se abrazó a sí misma con fuerza. Escuchar los términos legales, las licencias y la inminente crisis corporativa la hizo sentirse completamente inútil, un estorbo en medio de un juego de poder que no comprendía.
—¿Puedo ayudar en algo? —preguntó Sarah con un hilo de voz, mirando a la pareja con desespero.
Grace se giró hacia ella y le dedicó una mirada comprensiva, poniéndole una mano en el brazo.
—Puedes ayudarnos con los niños, Sarah. Necesitamos que los cuides y los mantengas distraídos en la habitación mientras nosotros tomamos medidas urgentes con los abogados para que no se paralicen los puertos.
—Claro, sí... yo me hago cargo de ellos, no se preocupen —asintió Sarah de inmediato, buscando cualquier tarea para sentirse útil—. ¿Ya cenaron? Puedo prepararles algo.
—No, no hemos cenado —respondió Grace.
—Vamos a pedir algo a domicilio, no te preocupes por la cocina, Sarah —intervino Dominic, sacando su teléfono para agilizar las cosas.
—Está bien —murmuró Sarah, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—No se puede hacer la absorción, Dominic —soltó el abogado de golpe, cortando la tensión del aire—. El plan de comprar la empresa de Grace no va a funcionar.
Dominic frunció el ceño, dando un paso al frente.
—¿Por qué? Global Pierce tiene la liquidez necesaria para la transacción inmediata. ¿Cuál es el impedimento, Anthony?
—Monopolio y conflicto de intereses —explicó Anthony, señalando las cláusulas de los contratos vigentes—. Revisamos las regulaciones portuarias y las leyes antimonopolio para Nueva York y San Francisco. Si Global Pierce absorbe por completo a Foster & Scott en este momento, tu firma pasaría a controlar más del porcentaje permitido de la operación aduanera en ambas costas. El comité federal bloquearía la compra de inmediato. Peor aún, al ser Grace tu pareja, la fiscalía podría argumentar que es una venta simulada para evadir la justicia y congelarían también a Global Pierce por complicidad. Estamos de manos atadas por ese lado.
Grace se pasó una mano por la frente, sintiendo que la última salida se les escapaba de las manos. El silencio se apoderó de la habitación, pesado y desalentador.
Fue entonces cuando Sarah dio un paso al frente, entrando por completo al estudio. Su rostro reflejaba el miedo, pero también una valentía que no había mostrado antes. Todos la miraron.
—Yo la compro —propuso Sarah, con la voz firme a pesar del temblor en sus manos—. Yo me hago cargo de la empresa de Grace.
Dominic la miró, incrédulo.
—Sarah, una transacción de esta magnitud requiere un respaldo financiero enorme.
—No tengo mucho capital en efectivo, lo sé —lo interrumpió ella, asumiendo el control de sus palabras—. Pero Maxwell y yo somos socios en la joyería. Legalmente, tengo acciones y una reserva de oro físico guardada en las bóvedas comerciales. Puedo sacar ese oro y utilizarlo como garantía y pago antes de que la fiscalía intente bloquear las joyerías también. Si yo compro la firma de Grace bajo mi nombre, los activos se quedan de nuestro lado.
Dominic analizó la propuesta a la velocidad del rayo, intercambiando una mirada rápida con Anthony, quien asintió lentamente, sorprendido por la jugada.
—Perfecto —sentenció Dominic, con una sonrisa de alivio rompiendo la rigidez de su rostro—. Entonces Sarah compra tu empresa, Grace, y Global Pierce queda completamente libre de nexos. Anthony, redacta los nuevos documentos ahora mismo. Nos adelantaremos a ese fiscal esta misma noche. Nadie podrá contra nosotros…

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