Sarah regresó a las oficinas de las joyerías. Firmar el contrato con Maxwell para convertirse en socios oficiales había sido el primer paso firme en meses; ahora volvía a hacerse cargo del negocio que ella misma había levantado. Sin embargo, su prioridad seguía siendo Arthur. Para no dejar al niño solo durante mucho tiempo, organizó su rutina para asistir únicamente unas tres horas al día a supervisar el local principal de sus lujosas joyerías.
Al cruzar la puerta de cristal, el tintineo sutil del recibidor la acogió. Caminó con elegancia hacia el mostrador principal, donde dos de sus empleadas acomodaban unas piezas de diamantes bajo el mostrador.
—¿Cómo van las ventas hoy? —preguntó Sarah, quitándose los guantes de piel con movimientos ágiles.
Las empleadas se miraron entre sí, con una evidente incomodidad que no pasó desapercibida para Sarah. Una de ellas carraspeó antes de responder.
—Es extraño, señora... Nadie viene. El teléfono tampoco ha sonado en toda la mañana.
Sarah frunció el ceño, pero antes de que pudiera exigir una explicación, la puerta del local se abrió de golpe. Tres de sus antiguas y más cercanas amigas de la alta sociedad de Nueva York aparecieron en la entrada. Al reconocerlas, Sarah forzó una sonrisa y avanzó hacia ellas para saludarlas.
—¡Hola, chicas! Qué bueno verlas por aquí —dijo Sarah, estirando los brazos de manera natural.
Las mujeres se detuvieron en seco, retrocediendo un paso al unísono. Sus miradas, antes afectuosas, se habían vuelto frías, críticas y cargadas de un desprecio que congeló el aire del local.
—Pensamos que estas joyerías ya no te pertenecían, Sarah —soltó una de ellas, cruzándose de brazos de forma distante.
—Sí, sigo siendo la dueña —respondió Sarah, bajando los brazos lentamente mientras la tensión corporal se le marcaba en los hombros—. ¿Por qué lo dicen?
—Ah. Bueno, entonces iremos a otra joyería —dijo la otra mujer, dándole la espalda de inmediato lista para salir.
—¿Por qué? ¿Qué les pasa? —espetó Sarah, dándose la vuelta para encararlas, con la voz alterada por la indignación—. Yo siempre he diseñado y creado sus joyas. Las piezas más exclusivas que llevan puestas en este momento salieron de mis manos.
Las mujeres se miraron con una sonrisa de autosuficiencia que terminó por colmar la paciencia de Sarah.
—Nadie más va a comprar tus malditas joyas, Sarah —la amenazó con la voz temblorosa de rabia—. Nosotras mismas nos encargaremos de avisar a todas las familias de la ciudad la clase de mujer que eres.
—Aunque en realidad ya no es necesario que nos tomemos la molestia —añadió la otra con una risa burlona—. Tu sucia vida privada ya está circulando en todas las redes sociales. Disfruta de tu ruina.
La puerta se cerró a sus espaldas, dejando un silencio sepulcral en la joyería. Las empleadas miraban al suelo, completamente intimidadas.
Sarah, con la respiración agitada y las manos temblorosas, sacó su teléfono móvil del bolso. Le bastó abrir la primera aplicación de noticias para que el titular de una prensa digital le diera directo en la cara. La nota contenía un comunicado oficial donde la familia Pierce se desvinculaba totalmente de la familia Colleman debido al engaño de Sarah. El texto aclaraba de forma cruda que ella no tenía derecho a usar el apellido Pierce, ya que Dominic se había separado legalmente de ella tras descubrir que había hecho pasar a Arthur como su hijo legítimo, siendo un engaño absoluto para el imperio.
Sarah bajó el teléfono lentamente. La pantalla se apagó, pero la humillación quedó grabada a fuego en su mente. Su rostro se puso completamente pálido y las piernas le flaquearon, obligándola a apoyarse con brusquedad contra el mostrador de cristal para no caer al suelo.
Una mezcla de rabia ciega y terror absoluto la invadió. Charlotte la había destruido socialmente en un segundo. Todo lo que había construido, su reputación, su apellido, su estatus como diseñadora de la élite de Nueva York, se había esfumado por culpa de la venganza de la anciana. Estaba acorralada, maldita ante los ojos del mundo que antes la idolatraba, y el pánico de no poder proteger a Arthur de esa crueldad comenzó a devorarla por dentro.

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