Dimitric llegó al piso de cardiología arrastrando los pies, con la respiración ruidosa y una botella de whisky a medio terminar sujeta en la mano derecha. El olor a alcohol que emanaba de su cuerpo rompió la pulcritud del pasillo del hospital. En cuanto divisó a Dominic junto a las puertas de cuidados intensivos, avanzó hacia él con pasos torpes.
—¿En dónde está? —bramó Dimitric, tambaleándose—. Quiero verla, Dominic. Quiero que me diga en mi cara por qué nos abandonó. ¿Cómo se atreve a regresar a Nueva York disfrazada de condesa después de lo que nos hizo?
Dominic avanzó tres pasos rápidos, le arrebató la botella de la mano de un solo movimiento.
—¡Cállate! Este es un hospital —le siseó Dominic con los dientes apretados, mirándolo con profunda vergüenza y rabia—. Mira en las condiciones que vienes. Das asco, papá.
—¡Quiero que ella me vea! —gritó Dimitric, con las lágrimas desbordándose por sus ojos enrojecidos—. ¡Quiero que vea en lo que me convirtió! ¡En un maldito alcohólico!
Las fuerzas se le esfumaron de golpe y Dimitric se deslizó por la pared hasta caer de rodillas en el suelo, escondiendo el rostro entre las manos mientras rompía en un llanto patético y ruidoso.
—Yo la amaba... Dios mío, yo de verdad la amaba —sollozó el hombre, encorvándose sobre sus propias piernas.
—¿La amaba? —la voz ronca e imponente de Nikolai cortó el aire. El ruso dio un paso al frente, mirando a Dimitric desde las alturas con un desprecio absoluto—. Lo que usted sentía por ella no era amor, señor Pierce.
Dimitric levantó la cabeza, limpiándose las lágrimas con la manga de la camisa, y miró al guardaespaldas con los ojos entornados.
—¿Y tú quién eres? ¿Eres su amante? ¿Con qué maldito derecho me juzgas? —espetó Dimitric, intentando ponerse de pie sin éxito.
Nikolai apretó los puños a los costados de su cuerpo. Las falanges se le pusieron blancas por el esfuerzo de contenerse; amaba a la condesa en absoluto silencio desde hacía años y escuchar las insinuaciones de ese hombre le quemaba la sangre. Respiró hondo y mantuvo la postura rígida.
—No soy nadie —respondió Nikolai con una frialdad cortante—. Pero un hombre que ama de verdad no duda de esa forma. Usted permitió que su madre le hiciera daño a Leonor. No la protegió cuando más lo necesitaba, la dejó sola a merced de ese monstruo. Así que no venga aquí a darse de mártir ni a llorar por lo que usted mismo provocó.
Dominic observó la escena en silencio, sintiendo que cada palabra del ruso se le clavaba como un puñal en su propia conciencia.
Al otro lado de la línea, Grace detuvo sus dedos sobre el teclado. El tono devastado y la vulnerabilidad de Dominic la conmovieron profundamente, haciéndole olvidar por un instante la tensión de las pantallas.
—Sabes que estoy contigo, Dominic —respondió Grace, suavizando la voz, transmitiéndole toda la seguridad que poseía—. No te voy a dejar solo en esto. Tu madre se va a salvar, te lo prometo. Vamos a encontrar ese corazón.
Dominic exhaló un suspiro largo, apoyando la cabeza contra la fría pared del hospital, sintiendo que la fuerza de Grace era lo único que lo mantenía en pie.
—Nunca más te vuelvas a separar de mi lado —le pidió él, con una seriedad casi solemne—. Nunca, Grace.
Grace apretó el auricular contra su oído, sintiendo un vuelco en el corazón ante la intensidad de su ruego. Miró el mapa de los hospitales en la pantalla, tragó saliva para contener la emoción que amenazaba con cerrarle la garganta y asintió para sí misma con absoluta convicción.
—Nunca más, Dominic. Te lo prometo —aseguró ella, con una firmeza inquebrantable que selló el pacto silencioso entre los dos en medio de la tormenta.

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