Por eso, a la hora de la siguiente entrega de comida.
Adriana, a través de la rendija de la ventana, le deslizó al empleado que traía la bandeja una pulsera valorada en cientos de miles de dólares.
El empleado, asustado, intentó rechazarla de inmediato.
Pero Adriana lo agarró del brazo, desesperada.
—¡Tienes que buscar la forma de darle un mensaje a mi abuela! Dile que de verdad reconozco que me equivoqué. Dile que sé que mi prima Kiara está trabajando muy duro para preparar la cirugía del abuelo, y que yo, como buena nieta, quiero estar junto a ellos para cuidarlos, aligerar la carga de la prima Kiara y enmendar mis errores.
El empleado dudó.
—Pero el señor Quintana...
—Ahora el tío Simón solo tiene ojos para la prima Kiara y para la operación del abuelo, no se acordará de mí —suplicó Adriana apresurada—. Ve y convence a mi abuela. Ella tiene el corazón blando y seguro aceptará.
El sirviente miró la costosa pulsera en su mano, apretó los dientes y asintió.
—¡Lo intentaré!
Pegada a la puerta, Pamela escuchó toda la conversación, y sus labios se curvaron en una sonrisa lenta y retorcida.
Esa idiota era demasiado fácil de manipular.
Había bastado con dejar caer un par de indirectas para que Adriana mordiera el anzuelo.
Pero claro, nada de esto tenía que ver con ella.
Si todo se descubría al final, la culpa sería exclusivamente de Adriana.
Ella había intentado advertirle y darle buenos consejos, pero como Adriana estaba resentida y no quería escucharla, no había nada que pudiera hacer.
Y Adriana fue extremadamente rápida en actuar.
Esa misma noche, cuando el empleado volvió con la cena, le informó que doña Silvia Quintana había aceptado verla, aunque no pensaba levantarle el castigo por completo.
Adriana asintió frenéticamente y le entregó otra valiosa joya al hombre.
En cuanto terminó de cenar.


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