—Abuela... —murmuró Adriana, sorprendida de que, pese a su actuación tan sincera y desgarradora, la anciana siguiera dudando de ella.
Por dentro, se sentía humillada y furiosa.
¡Esa trepadora de Kiara era como una bruja!
¿Cómo podía tener tanta influencia sobre ellos?
Antes, la abuela la adoraba y la mimaba por encima de todo. Y ahora, solo por culpa de Kiara, estaba en esta situación tan miserable ¡y su abuela ni siquiera se conmovía!
Adriana clavó las uñas en sus propias palmas, dejando que las lágrimas fluyeran con más fuerza.
—Sé que le hice mucho daño a mi prima Kiara. Entiendo si la abuela ya no confía en mí. ¡Pero por favor, dame una oportunidad para demostrarte que de verdad quiero cambiar y arreglar las cosas!
—¿De verdad?
La voz profunda de Marcos Quintana rompió el silencio. El abuelo clavó una mirada severa en ella.
—Ya que pareces tan sincera, puedes quedarte.
Los ojos de Adriana se iluminaron de golpe y miró a su abuelo con emoción.
—Gracias, abuelo, yo...
—Pero tengo una condición —la interrumpió Marcos de tajo—. Cuando Kiki vuelva, te arrodillarás ante ella, le pedirás perdón, y no te levantarás hasta que ella decida perdonarte.
El rostro de Adriana palideció al instante.
¿Pedirle perdón de rodillas a Kiara?
¿Y tener que esperar a que esa cualquiera la perdonara para poder quedarse?
¡Esto era una humillación total por parte de su abuelo!
Marcos soltó una risa seca.
—¿Qué pasa? ¿No quieres? Qué raro, porque cuando fuiste a retar a Kiki a esa carrera, no parabas de exigirle que se arrodillara ante ti. Pensé que te gustaba mucho esta forma de pedir disculpas.
El rostro de Adriana se tornó aún más pálido.
Así que el abuelo estaba defendiendo a esa maldita...
Adriana apretó los dedos con fuerza, se mordió el labio inferior para contener la rabia, y forzó una sonrisa temblorosa.
—Sí... sí quiero. Es mi culpa, y es justo que le pida perdón de rodillas a la prima Kiara.
Marcos volvió a reír con ese tono seco.


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