—Sí, yo también creo que es un riesgo enorme —respondió Pamela con fingida resignación—. Aunque hay que admitir que su devoción por tratar de salvarlo es admirable.
—Pero pensándolo bien, tiene sentido. Mi hermana siempre ha sido la consentida. Apenas volvió a casa, el abuelo le cedió acciones de la familia Quintana. Tú y yo... hemos estado con ellos desde niñas, y no hemos recibido ni una mínima fracción de esas acciones.
—Si esta locura suya llega a salir bien, no solo habrá salvado la vida de la abuela, sino también la del abuelo. ¡Sería un mérito gigantesco! Para entonces, el abuelo seguramente estará dispuesto a darle toda la familia a ella.
—Al fin y al cabo, mi hermana de verdad tiene talento.
Mientras decía todo esto, su tono desbordaba una profunda envidia.
—Qué lástima que nosotras no sepamos de medicina. Si supiéramos, también haríamos hasta lo imposible por salvar al abuelo.
Adriana abrió los ojos de golpe, y su rostro palideció por completo.
¡Tenía razón!
¡Apenas vio a Kiara, el abuelo le entregó acciones de la empresa a esa trepadora!
¡Y ella, que era su nieta de sangre, no tenía ni un uno por ciento a su nombre!
Había escuchado que esa desgraciada sabía algo de medicina natural. Si de pura casualidad esa farsa le salía bien...
¿Qué lugar quedaría para ella en la familia Quintana?
Al no recibir respuesta, Pamela continuó hablando, como si el encierro la hubiera vuelto desesperada por conversar.
—Pero, si lo piensas, en toda Aquilinia los expertos capaces de realizar esta cirugía se cuentan con los dedos de una mano. Y mi hermana apenas acaba de llegar al país; no conoce a nadie. Cuando dijo que iba a buscar un reemplazo para el Director Whitmore... ¿no lo habrá dicho solo para calmar a los abuelos y que no se preocupen?



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