Del otro lado del ventanal, el jardín estaba lleno de flores y las ramas se mecían con el aire.
Gaspar caminaba hacia los camerinos con las manos en las bolsas del pantalón, sin mucho entusiasmo.
No dejaba de pensar en la chica que acababa de ver: fría, elegante, con esa vibra de fuego.
Tres minutos.
No había sacado nada.
Ni siquiera le preguntó el nombre.
Ser “el mandamás” no era tan fácil, y conseguir información tampoco.
¿Dónde diablos estaba su belleza?
—¡No mames, Gaspar! ¿Qué trae tu casa hoy o qué?
De pronto, el güero pegó un grito y se frenó en seco.
—Hace rato fueron dos, ¿y ahora otra vez?
Gaspar sintió que le apretaban el brazo y volteó, molesto.
—¿Qué traes?
El güero señaló hacia adelante.
—Mira para allá. Tu prima, la de vestido rosa… y la otra belleza, les está pasando lo mismo.
Gaspar frunció el ceño y miró.
Junto al ventanal del camerino, la cortina se jaloneaba. Una chavita con vestido de gala rosa, lleno de olanes, tenía la cara descompuesta del terror y se aferraba a la tela, aventando manotazos hacia el frente.
Se alcanzaba a distinguir a un hombre frente a ella, estirándole la mano.
Con el jaloneo, la cortina se abrió.
Y apareció la cara de Alejandro: torcida, desquiciada.
—¡No chingues!
A Gaspar hasta se le fue el color de la cara.
—¿Qué se cree ese Alejandro? ¿A poco cree que puede tocar a la princesita de la familia Carrasco?
Se arremangó, listo para irse encima.
El de pelo verde lo agarró del brazo.
—Gaspar… es Alejandro.
Gaspar ya estaba rojo de coraje.
—¿Y qué? ¿Quién se cree? Si toca a Ellie, yo lo dejo hecho pedazos y ni va a chistar.
—Sí, sí, no es nadie, pero… —el de pelo verde se rascó la cabeza— ¿y si Ellie sí quiere?
—¡Quiere mis huevos! —Gaspar le soltó un golpe en la cabeza al de pelo verde—. ¿La estás viendo? ¿Así se ve alguien que “quiere”?
Alejandro y Eloísa voltearon al mismo tiempo hacia la puerta cerrada.
Y entonces…
La puerta pesada del camerino estaba tirada en el piso, como si la hubieran arrancado de cuajo. El golpe retumbó como trueno.
En la entrada, una chica de vestido rojo intenso y mirada fría retiró la pierna con toda calma, como si nada.
—¡Kiara!
En cuanto Eloísa la vio, se le salieron las lágrimas de golpe.
Toda la humillación y el miedo se le derramaron en ese instante.
Levantó la pierna y quiso correr hacia ella.
Pero Alejandro tensó la mirada y le jaló el brazo a Eloísa para traerla de vuelta.
Miró a Kiara con pánico; hasta los dedos le temblaban.
«¿Qué… qué es esta mujer?»
¿De dónde salió?
¿Y esa fuerza?
¿De verdad tiró una puerta de una patada?

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