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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 345

—Entendido, Gloria —dijo Kiara, sin darle más vueltas.

Mañana era la mayoría de edad de Eloísa.

Como hermano, Joaquín sí tenía que regresar antes para preparar cosas.

Solo que…

¿Ni siquiera se despidió?

Al final de cuentas habían estado bajo el mismo techo varios días.

Lo mínimo era avisar.

Kiara ni se dio cuenta de ese mal sabor de boca que le quedó al saber que ese “zorro” ni se despidió.

Miró a Gloria.

—Gracias por todo este tiempo. Gracias a ti y a Jorge. Ya me voy a casa.

Gloria vio que Kiara cargaba la mochila de lona. De toda la ropa que el joven amo le había comprado, no se llevó nada.

A Gloria le dio la impresión de que…

El joven amo era como esa ropa: la señorita Ibarra lo estaba dejando atrás, así nomás.

Se le salió decirlo:

—Señorita Ibarra… ¿no va a esperarlo?

Kiara miró la sala vacía y negó con la cabeza.

—No. Mi familia me está esperando.

Ya iba a irse cuando Gloria la detuvo, apurada:

—Espere, señorita Ibarra… el joven amo le preparó un regalo. Lléveselo.

Dicho eso, le acercó una caja rectangular grande, envuelta con mucho cuidado.

¿Un regalo?

¿Para qué le preparaba un regalo?

Kiara se quedó mirando la caja unos segundos antes de tomarla.

Pesaba.

Asintió.

—Dile que gracias. Ya me voy.

Gloria la acompañó hasta la puerta.

Encima, con regalitos.

Si Kiara quería algo, él podía comprarlo. No necesitaba que ese tipo anduviera de presumido.

—Bueno, ¿y qué hacen todos estorbando en la entrada? —Regino, al ver a su nieta sana y salva, se notaba aliviado. Su cara arrugada se le llenó de calma—. Kiarita, seguro vienes con un hambre terrible. Vamos a comer. Tu mamá se metió a la cocina para hacerte lo que te gusta.

Movió su silla de ruedas hacia ella.

—¿Ya se resolvió lo de afuera?

Con una sola frase, Kiara supo que su abuelo se había dado cuenta de algo.

Y era lógico…

Regino había sostenido al Grupo Ibarra en Clarosol y lo había llevado a la cima. No era un hombre al que se le escaparan estas cosas.

Kiara puso las manos en la silla y lo empujó hacia adentro.

—Ya quedó, abuelo. No se preocupe.

—Qué bueno… qué bueno… —Regino soltó una carcajada fuerte—. Y si necesitas que la familia te eche la mano, tú di. No te guardes nada, ¿sí?

La frialdad habitual de Kiara se suavizó, y en su rostro apareció calidez.

—Sí. Si hay algo que no pueda resolver, claro que voy a pedir ayuda.

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