En la casa Ibarra, todos la rodearon, pendientes de ella, preguntándole si estaba bien y si no le faltaba nada.
Kiara podía sentir con claridad la preocupación y el cariño de todos.
Y, como si lo hubieran acordado, nadie le preguntó dónde había estado esos días ni qué había hecho.
Solo se interesaban por si había comido bien, si había dormido bien.
Kiara les respondió a todos con paciencia, una por una.
El ambiente estaba cálido, familiar.
De pronto, desde la entrada se escuchó el tac-tac acelerado de unos tacones sobre el piso, con pasos alegres, acompañado por la voz emocionadísima de Pamela:
—¡Papá, papá! Miren. ¡Por fin llegó el vestido de noche que mandé hacer con el maestro Antonio Duarte en Milán! ¡Está perfecto! ¡Me encanta!
Con los tacones puestos, entró corriendo a la sala, feliz.
Detrás de ella venía Lucía, empujando con cuidado un maniquí cubierto con una funda antipolvo. También sonreía, claramente contagiada por la emoción de Pamela.
—Papá, mamá, voy a probármelo. ¿Me dicen si me queda bien? Mañana es la fiesta de mayoría de edad de Ellie; si hay que ajustar algo, tiene que ser ya…
Su voz se cortó en seco.
Vio hacia el comedor familiar, donde todos estaban a gusto, platicando.
Kiara estaba sentada en un lugar muy visible, y frente a ella los platos ya parecían una montañita de comida.
Era obvio que los demás le habían ido sirviendo, uno por uno, con sus propias manos.
Por un instante, la sonrisa de Pamela se le tensó.
Pero enseguida recuperó esa sonrisa dulce y amable, y caminó hacia Kiara con cara de felicidad.
—Ay, Kiara… por fin regresaste. No sabes cuánto te extrañaron estos días el abuelo, mis papás y Álvaro.
No había ni un solo platillo que le gustara a ella.
¿Hacer todo especialmente para Kiara y todavía llamarla a comer? ¿Qué era eso, una prueba de obediencia? ¿Una forma de decirle que, a partir de ahora, solo le tocaba vivir bajo la sombra de Kiara?
Pamela se sintió agraviada hasta el fondo.
Miró a Kiara, que comía con calma: se servía un camarón que Álvaro le había pelado, luego tomaba un trago de la sopa que su papá le había servido, y después comía un bocado de pescado al que el abuelo le había quitado las espinas…
Pamela no se iba a quedar atrás. Miró el maniquí que Lucía empujaba y, a propósito, le apretó la mano a Vanesa, sonrió dulcemente y, con voz melosa, le sacudió el brazo como niña consentida.
—Mamá, pero este vestido fue algo que tú encargaste desde Milán, especialmente para mí, con el maestro Duarte… te costó un buen de esfuerzo. Y justo está Kiara aquí; déjame ponérmelo tantito para que lo vean. Si no, con lo rico que cocinas, como me salga pancita… ya no me va a lucir igual cuando me lo pruebe.
Marcó con intención “especialmente”, “para mí” y “un buen de esfuerzo”.
Era una forma discreta de presumir.
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