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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 687

Cristina se quedó en silencio.

Ni ella misma entendía por qué todo se había desmoronado tan de repente.

Había estado inmersa en su propio mundo, cegada por la ilusión de estar en la lista de las mujeres más ricas.

Incluso había llegado a pensar que, una vez consiguiera suficiente dinero, le daría una patada a Hugo y se desharía de la familia Yáñez.

Con dinero, podía vivir cómodamente en cualquier parte del mundo.

Lo único que jamás previó fue que la persona que arruinaría sus planes sería la que más despreciaba: Vania.

Esa inútil a la que había manipulado durante años, la romántica empedernida a la que Hugo ni siquiera miraba... ¿Desde cuándo él había empezado a tratarla como si fuera un tesoro?

—Olvídalo, no tiene sentido seguir hablando de esto —respondió Cristina con voz grave, cargada de una crueldad contenida.

—Mamá, tú solo vigila a Vania de cerca y fíjate si los Yáñez hacen algún movimiento. Sigue haciendo ruido en internet, no dejes que el escándalo muera. No la sueltes. Ella destruyó a la familia Figueroa y me destruyó a mí; no voy a dejar que se salga con la suya.

—La familia Yáñez y los Leal son gente de mucho prestigio. Si la reputación de Vania se va al caño, quiero ver quién se atreve a seguir protegiendo a esa basura.

—¡De acuerdo! ¡Haré todo lo que me digas! —respondió Elena sin dudarlo—. No te preocupes, seguiré publicando. ¡Quiero ver quién se atreve a defender a esa malagradecida!

Tras colgar, Cristina levantó la vista lentamente, pensando en los cuatro millones que Sonia le había enviado a Xavier.

Al menos Sonia seguía mandándole dinero a Xavier.

¿De verdad creía que limitando los fondos a colegiaturas y gastos básicos la iba a detener?

Estaba en Solecia, no en su país de origen.

Con solo soltar un par de sobornos, encontraría fácilmente a alguien que le lavara el dinero de la cuenta de Xavier.

Sonia la estaba subestimando.

César entró desde el exterior, con el rostro sereno. Vivía en un estado de completa tranquilidad, ignorante de todos los conflictos del mundo exterior.

Cristina lo miró de reojo y esbozó una sonrisa dulce.

Él era su última carta, su única esperanza de redención.

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