Renato observó a Elara, completamente abrumada y sin saber qué hacer. Ella no tenía idea de lo atractiva que resultaba en ese estado. El deseo que había logrado reprimir resurgió con fuerza. Se inclinó y volvió a devorar sus labios.
Después de un beso intenso y apasionado, Renato la soltó y escondió el rostro en el cuello de ella, respirando agitado.
—Me vas a matar —murmuró con voz muy ronca.
Elara estaba mareada por los besos, sintiendo su cuerpo derretirse como agua. Menos mal que estaba acostada, porque de lo contrario, seguramente habría perdido el equilibrio.
Después de un largo rato, cuando la inquietud en su cuerpo se disipó, Renato finalmente se apartó.
—La próxima vez haré que mi asistente te mande a una doctora para que te aplique la pomada.
Ella moría de vergüenza, y él moría aguantándose. Era una doble tortura insoportable.
Elara, con el rostro ruborizado, asintió.
Renato le acomodó las cobijas.
—Duerme ya. Me voy.
Elara lo tomó de la mano.
—¿Estarás bien?
Él sabía que le preocupaba su seguridad.
—Descuida. Si me atreví a venir, es porque tomé precauciones.
Era cierto, él siempre era muy calculador.
Elara se relajó un poco.
—Envíame un mensaje cuando llegues.
—Lo haré. —Renato se puso de pie.
Cuando ella intentó levantarse para acompañarlo a la puerta, él la detuvo por los hombros.

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