Isabel creyó que su madre la estaba reprendiendo por inventar chismes, así que sacó su teléfono rápidamente y le plantó las fotografías frente al rostro.
—Mamá, mira, todo lo que digo es cierto. Llevan viéndose a escondidas desde hace tiempo.
Matilde observó las imágenes durante apenas un par de segundos. Luego, levantó la mirada hacia su hija con una calma inquebrantable.
—¿De dónde sacaste estas fotos?
Isabel parpadeó, totalmente descolocada por la reacción de su madre. ¿No se suponía que debía estar horrorizada? ¿Por qué no estaba enfurecida por las locuras de Renato? ¿Cómo podía estar preguntando con tanta serenidad sobre el origen de las fotografías?
Acaso...
—Mamá... ¿acaso ya sabías que Renato y Elara estaban juntos?
—Así es.
Isabel apartó el teléfono, mirando a su madre como si se hubiera vuelto loca.
—¿Lo sabías y no hiciste nada para detenerlos?
¿Y cómo se suponía que los iba a detener?
Si hasta un hijo de por medio hay... ¿qué podía hacer ella?
Matilde dejó escapar un largo y pesado suspiro.
—Renato ha estado solo durante todos estos años. Ahora que por fin ha encontrado a alguien a quien amar, ¿cómo quieres que tenga el corazón para separarlos?
—¡Pero esa persona es Elara! ¡Es la exesposa de Dylan Lucero! ¡Incluso tiene una hija que se supone que debe llamar tío a Renato! Su relación es un tabú aberrante. Mamá, ¿has pensado en las consecuencias? Si esto sale a la luz, el prestigio de un siglo de la familia Soler quedará hecho polvo. ¡La corporación entera sufrirá y sus cimientos se tambalearán!
Por supuesto que Matilde había pensado en eso. Desde el preciso instante en que descubrió la verdad, pasaba las noches en vela imaginando el infierno que los dos jóvenes tendrían que atravesar tarde o temprano.

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