Elara se puso de rodillas al instante y tapó la boca de Renato con una mano.
—¡No leas eso! —exclamó, mientras con la otra mano intentaba arrebatarle la caja.
Renato levantó la caja fuera de su alcance, bajó la mirada y besó sus labios.
Elara intentó empujarlo suavemente.
Renato la tomó por la cintura, profundizando el beso.
Pronto, la respiración de Elara se volvió irregular. La mano con la que intentaba alcanzar la caja cayó lentamente, y su cuerpo perdió tanta fuerza que apenas podía mantenerse de rodillas.
Al sentir que ella cedía, Renato soltó sus labios, la ayudó a recostarse y depositó un beso en su frente.
—Quédate quietecita. Iré por agua —dijo con voz ronca, antes de levantarse e ir al baño.
Elara volvió a la realidad al escuchar el sonido del agua cayendo. Avergonzada, jaló las sábanas para cubrirse por completo. ¿Cómo era posible que con solo un beso se olvidara de todo?
Ese hombre era demasiado astuto, usando sus encantos contra ella.
Y lo peor era que ella había caído redondita.
Renato salió del baño con un recipiente con agua tibia. Al ver que Elara se había escondido bajo las sábanas, dejando solo asomar la mitad de su rostro, se detuvo. Sus ojos oscuros, húmedos y brillantes, reflejaban una profunda timidez.
Al verla tan apenada, recordó que, en realidad, ella era una mujer con muy poca experiencia íntima. Sus únicas dos veces habían sido con él.
Con razón era tan pudorosa y se sonrojaba con tanta facilidad.
Dejó el agua a un lado, humedeció una toalla de algodón suave, la escurrió y le dijo:
—Si te da vergüenza, tápate la cara.
Elara se aferró a las sábanas, en un último intento por resistirse.
—De verdad, puedo hacerlo yo sola.
Renato suavizó su tono, intentando convencerla:
—Sé buena, hazme caso. Esto no es cualquier cosa. Si no lo tratamos bien, la herida no sanará y luego tendrás que ir al hospital para que te hagan una limpieza.

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