Diez de la noche.
Elara, en pijama, estaba recostada en la cama leyendo las instrucciones de la pomada. "Solo para uso externo en la zona íntima, no introducir..."
Mientras leía, su mente comenzó a divagar.
Imágenes de la noche anterior, cuando ambos se entregaron con pasión, cruzaron por su cabeza sin control.
Los hombros anchos del hombre, su cintura estrecha, su firmeza y esas sensuales líneas musculares. Sus pectorales marcados, cubiertos por una fina capa de sudor; los músculos de su abdomen contrayéndose con cada movimiento, irradiando una fuerza desbordante.
En ese momento, Renato había perdido su habitual calma y autocontrol, mostrándose salvaje y apasionado, con un dominio irresistible y una posesividad intensa. Parecía una persona completamente distinta al hombre frío y distante de siempre.
Aún le parecía escuchar la voz ronca y seductora de Renato, pidiéndole una y otra vez que lo llamara "Nato".
De repente, el tono de llamada de su celular la sacó de aquellos recuerdos íntimos. Al ver que en la pantalla brillaba el nombre de "Nato", y recordando lo que acababa de imaginar, su rostro se tiñó de rojo intenso.
Trató de calmar su respiración antes de contestar.
—Abre la puerta.
Al escuchar esas dos simples palabras, a Elara le dio un vuelco el corazón.
—¿Estás en la puerta de mi casa?
—Sí.
—¿No tienes miedo de que Isabel te esté vigilando?
—¿Planeas dejarme afuera conversando contigo? —La voz del hombre era profunda, teñida de una ligera sonrisa.
—Ya voy a abrirte.
Elara colgó, dejó el celular y de inmediato se levantó de la cama.
Marta ya se había ido a dormir con Vali y las luces de la sala estaban apagadas. Para no despertarlas, Elara no encendió la luz. Guiándose por la claridad que salía de su habitación, llegó a la entrada y abrió. Efectivamente, Renato estaba allí.
La luz con sensor del pasillo tampoco se había encendido, por lo que el exterior estaba a oscuras. El hombre vestía todo de negro, casi mimetizándose con la noche.
Elara miró rápidamente a su alrededor y luego tiró de Renato hacia adentro, susurrando:
—¿Por qué viniste tan tarde?
Al verla actuar con tanto sigilo, como si fuera una ladrona, Renato no pudo evitar sonreír.
—Estaba preocupado. Vine a verte.
Elara cerró la puerta y, justo cuando se disponía a buscarle unas pantuflas, sintió que un brazo rodeaba su cintura. Los labios frescos del hombre se posaron sobre los suyos.
Ella se quedó paralizada un segundo, pero luego se aferró a su camisa dispuesta a corresponderle. Sin embargo, él se apartó de repente.
—Estoy congelado, no quiero enfriarte.


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