Víctor le agarró la muñeca apretando tan fuerte que casi le corta la circulación.
Amanda intentó zafarse de un tirón, pero fue inútil; la fuerza de él era demasiada y ni siquiera se inmutó.
La respiración agitada de ambos chocaba en el silencio pesado de la oficina.
—Suéltame —exigió ella, con la voz temblando por una mezcla de rabia y un miedo que se negaba a demostrar.
Víctor la soltó dándole un ligero empujón, obligándola a retroceder hasta que sus rodillas chocaron contra el borde del sofá.
Él se acomodó la chaqueta del traje con una calma que a Amanda le incomodó.
—Te lo voy a explicar una sola vez para que lo entiendas y dejes el drama —comenzó Víctor, mirándola desde arriba con absoluta frialdad—. Mi abuelo no era ningún estúpido. Sabía que yo era capaz de casarme con la primera mujer que se me cruzara, solo para heredar, y divorciarme al día siguiente.
Amanda lo miró fijamente, sintiendo que le faltaba el aire.
—Por eso —continuó él, con un tono calculador—, el testamento tiene una condición inquebrantable: el fideicomiso general, la verdadera fortuna que me da el control absoluto del Imperio Grimaldi, solo me lo entregan cuando cumplamos cinco años de matrimonio.
—Llevamos tres años, Víctor... —murmuró ella, incrédula—. ¿Me estás diciendo que pretendes tenerme amarrada a ti dos años más, sabiendo que ya descubrí a tu amante y a tu hijo?
—Pretendo que cumplas el contrato que firmaste. Me faltan dos miserables años para obtener lo que es mío, y no voy a permitir que un ataque de celos arruine el trabajo de toda mi vida.
—¡No son celos, es dignidad! —estalló Amanda, poniéndose de pie de un salto—. ¡Me compraste! Me salvaste de la ruina solo para usarme como tu escudo frente a la sociedad. No lo voy a soportar. Saldré de aquí, presentaré la demanda de divorcio y...
—Si presentas esa demanda, te juro que te destruyo, Amanda —la interrumpió él, con una voz tan baja y letal que le heló la sangre. Dio un paso hacia ella, acorralándola de nuevo—. Si rompes el contrato antes del quinto año, la deuda por el fraude millonario que dejó tu difunto padre recae directamente sobre ti, con todos los intereses acumulados. No tienes ni un centavo a tu nombre que no salga de mis cuentas.
Amanda sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
—Te aplastarán —remató Víctor con rudeza—. Y cuando no puedas pagar, los acreedores te llevarán a juicio. Terminarás en una prisión para mujeres, pudriéndote en una celda por los delitos de tu querido padre.

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