Amanda había pasado tres años deseando sentirse amada, tocada y vista por su propio marido.
Tres años en los que Víctor solo la había mantenido como un hermoso trofeo, durmiendo en habitaciones separadas mientras le daba su tiempo, su atención y hasta un hijo a otra mujer.
Y ahora, envuelta en las sombras de esa habitación de hotel, la cruda y ardiente realidad superaba con creces cualquier fantasía solitaria que hubiera podido armar en su cabeza.
Víctor estaba completamente extasiado.
El sabor de la piel de Amanda, la forma en la que su cuerpo temblaba y se arqueaba buscándolo, cómo se derrumbaba contra las sábanas blancas después de cada caricia... todo era exquisitamente adictivo.
—A todas estas... no me has dicho tu nombre —murmuró ella de repente.
Tenía la voz áspera, la respiración entrecortada y las manos aferradas a los hombros desnudos de él, justo cuando Víctor volvió a hundirse en su interior con un empuje profundo, seguro y feroz.
Él se detuvo una fracción de segundo, sintiendo el calor húmedo de ella atrapándolo por completo.
—Carlos —mintió sin dudar. Su propia voz sonó extraña, irreconocible por el nivel de deseo que le quemaba la garganta y le oprimía el pecho.
—Carlos... —repitió ella en un susurro ardiente, como si probara el nombre en su lengua—. Sigue... sigue penetrándome así, Carlos —jadeó, clavando las uñas en la espalda ancha del hombre, perdiéndose por completo en la ola de placer que amenazaba con ahogarla.
Al escucharla gemir ese nombre falso, a Víctor se le nubló la vista por un instante. Una punzada de celos le atravesó el estómago.
Era una mezcla venenosa, absurda de celos irracionales y excitación.
¡Estaba celoso de sí mismo! Le ardía la piel al saber que su esposa, la intocable señora Grimaldi, se estaba entregando con una pasión desmedida a un absoluto extraño.
La embistió con más fuerza, empujado por un instinto primario y salvaje para follarla duro, de hacerle sentir en cada poro de su piel a quién le pertenecía realmente, aunque ella creyera estar en los brazos de un amante pasajero.
—Hazme sentir como una mujer deseada, Carlos... —le suplicó ella al oído, entregándose por completo al ritmo frenético de sus caderas, rompiendo cualquier barrera que le quedara.
En medio de esa oscuridad, la barrera del pudor, esa misma que la alta sociedad, las apariencias y su estricta educación le habían impuesto toda la vida, se hizo polvo en un segundo.
Amanda se sentía libre, audaz, dueña de su propio cuerpo por primera vez en veinticuatro años.
Se deslizó un poco sobre el colchón, rompiendo la mínima distancia que los separaba, y lo miró a través de la penumbra con una chispa de fuego que Víctor jamás le había visto.
De pronto, ella olvidó cualquier rastro de vergüenza. Acarició con atrevimiento el pecho endurecido del hombre, bajando sus manos por su abdomen.



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