La señora Pizarro ya los estaba esperando en el balneario.
Marcelo insistió en que Federico y Jaime se fueran con él en la misma camioneta para no perder tiempo buscando el lugar.
Federico y Jaime aceptaron.
A Gloria, como simple asistente, nadie le preguntó nada, aunque en sus ojos se notaba que no quería.
Cuando vio que todos ya se subían, no le quedó más que tomar su bolsa y subir también.
En el camino iba intranquila.
Escuchaba a los hombres hablando de negocios. En otro momento habría metido un par de comentarios, pero ese día no dijo nada; solo iba con la mirada baja.
Federico iba delante de ella. De vez en cuando la miraba, y mientras más la miraba, más frío se le ponía el gesto.
—Aquí está más cerca la entrada de mujeres —dijo Marcelo—. Señor Córdoba, que su secretaria se baje aquí. Mi esposa la está esperando adentro.
El chofer se detuvo.
La camioneta quedó justo frente a la entrada. Todos voltearon a ver a Gloria.
El chofer ya le había abierto la puerta.
Bajo esas miradas, Gloria se bajó con su bolsa.
La puerta eléctrica se cerró y la camioneta siguió.
Gloria vio cómo se alejaban y soltó el aire, largo. Luego caminó hacia la entrada.
—¿Señorita Loyola? —preguntó una empleada. Sacó unas sandalias y las dejó frente a ella—. La señora Pizarro me pidió que la llevara.
—Perdón, ¿me puede hacer el favor de decirle a la señora Pizarro que ando en mis días y no puedo meterme al agua? Si no le molesta, puedo quedarme a un lado acompañándola.
Mientras no se metiera, el riesgo de resbalar era mínimo. Podía quedarse en el área de descanso, con zapatos.
—Puede pasar y decírselo usted misma.
La empleada la llevó a elegir ropa adecuada.
Gloria escogió la opción más recatada, pero aun así no alcanzaba a tapar las marcas del cuello.
Se colgó una toalla alrededor y entonces sí entró.
Como Marcelo había apartado el lugar, todo estaba en silencio.
El sonido del agua corriendo se escuchaba clarísimo.

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