Se mordió el labio, contuvo el aire y, en cuanto terminó de ponerle el cinturón, se sentó derecha otra vez.
En el espacio reducido del carro, la tensión se metía en cada rincón.
Gloria se quedó viendo por la ventana, esperando a que Federico por fin hablara de trabajo.
Media hora después, el carro se detuvo frente al Hotel San Aurelio Plaza.
Ya en el destino, Federico seguía sin hablar de trabajo.
Se bajó y entró primero.
Gloria lo siguió y aceleró el paso para alcanzarlo.
—Señor Córdoba, ¿no quiere revisar los datos que ya dejé listos?
—No hace falta.
Gloria llevaba años trabajando con él y nunca le fallaba, menos en algo tan básico como ordenar información.
Por lo seguro con que lo dijo, Gloria se quedó un instante atrás, luego volvió a seguirlo como siempre.
San Aurelio era la ciudad clave del sur, el lugar donde se estaban abriendo muchos proyectos: un mercado jugoso.
Federico venía a ver al responsable de expansión de la zona.
El hombre se veía de unos cuarenta y tantos. Se llamaba Marcelo Pizarro, el mero mero de San Aurelio.
Gloria pensó que Federico venía con todo armado, con el contrato listo para firmar.
Pero ya sentados, con solo oír un par de frases, entendió que Federico ni siquiera tenía decidido qué área quería desarrollar.
Ayer, cuando andaba comprando, Gloria había escuchado a Jaime contestar una llamada. No oyó bien, pero le quedó claro que él sí venía preparado.
Mientras Gloria estaba en eso, Federico ya había terminado de hablar con Marcelo y se levantó para estrecharle la mano.
Gloria, todo el tiempo como adorno, se levantó también y le dio la mano a Marcelo.
—Qué bueno que el señor Córdoba se dio una vuelta —dijo Marcelo—. Ya dejé todo listo. Hoy me toca atenderlos como se debe.
Tras saludar a Gloria, Marcelo invitó a Federico.
Federico normalmente rechazaba ese tipo de salidas, pero esta vez aceptó sin pensarlo:
—Entonces se lo agradezco, señor Pizarro.
—Faltaba más.
Marcelo los fue guiando hacia la salida.
Apenas cruzaron la puerta del hotel, vieron a Jaime bajarse de su carro.
En modo “trabajo”, Jaime se veía más formal. Se acercó a Marcelo, asintió con una sonrisa ligera.
—Señor Pizarro, por fin nos conocemos.


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