Gloria tenía muy buen cuerpo y, con esa cara tan bonita y filosa, hasta la ropa más simple le quedaba con estilo.
La mirada de Irene se volvió de inmediato desconfiada.
Gloria se sintió incómoda, como si estuviera sentada sobre alfileres.
Federico checó el reloj, soltó lo que estaba haciendo.
—¿Qué se te antoja? Les digo que lo suban al cuarto.
—Quiero que bajes a comer conmigo —dijo Irene, ya con su tono dulce, retirándole la mirada a Gloria.
—Va.
Federico salió, tomó el celular del escritorio y le dijo a Gloria, sin verla mucho:
—Tú sigue.
—Señor Córdoba, mejor me lo llevo al cuarto y lo termino allá. Mañana antes de… bueno, mañana queda listo.
Gloria se levantó, acomodó los papeles sobre la laptop y se fue con la cabeza agachada.
Federico soltó un sonido breve por la nariz y se quedó mirando cómo se iba casi huyendo.
Esa noche, Gloria pidió que le subieran la cena a su habitación.
Quiso evitarse problemas, pero cuando tocaba salir a atender clientes, no había forma de esconderse.
A la mañana siguiente, a las diez, Federico le mandó un mensaje: reunirse en la entrada del hotel.
Gloria se puso la camisa nueva, tomó el portafolio y salió de la suite.
Entró al elevador y apretó el botón de planta baja. Las puertas iban cerrando cuando una mano grande se atravesó de golpe para detenerlas.
—¡Espérame!
Jaime entró agitado, respirando fuerte.
—Gloria, ¿no me digas que me viste y por eso ibas a cerrar?
Gloria se pegó a una esquina.
—No.
De verdad no lo vio.
Si lo hubiera visto, lo habría cerrado más rápido.
—¿Y tú por qué vienes tan tapada? —Jaime la miró de arriba abajo.
Traía el botón de arriba abrochado y cubrebocas, aunque se lo había bajado a la barbilla para taparse el cuello.


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