Al segundo siguiente, sintió calor en el cuello.
Los labios de Federico se le pegaron a la piel y la besó con fuerza, sin contenerse.
Le recorrió un escalofrío y se le fue el aire; la mente se le quedó en blanco. Se puso rígida.
Nadie sabía que a Federico le gustaba dejar marcas.
En los dos años que estuvieron casados en secreto, ella no le dejaba hacerlo en el cuello, así que él se desquitaba en el pecho, los hombros o la clavícula.
Su piel era muy blanca; las marcas rojas se veían demasiado y, por lo mismo, se notaban más provocadoras.
En cuestión de segundos, ya traía varias en el cuello.
Federico se apartó. Sus labios brillaban y su mirada estaba dura, contenida.
Gloria se llevó la mano al cuello. Con los ojos húmedos, lo miró de frente, como si estuviera atrapada en ese remolino de mirada.
—Dile que tienes a alguien.
¿La estaba ayudando?
Pero la forma… era demasiado.
Irene estaba en el cuarto, a una puerta de distancia.
De verdad no era una idea que Federico debiera sacar así nada más.
Gloria frunció el ceño, bajó la mirada y no supo cómo responder.
—¿Qué? —Federico le levantó la barbilla otra vez, obligándola a verlo—. ¿No quieres rechazarlo? ¿Por eso te urge renunciar, para poder estar con él sin esconderte?
Federico no era ciego: Gloria sí guardaba distancia.
Pero que renunciara de la nada… para él no tenía explicación.
Solo podía ser por Jaime.
A Gloria le dolía la barbilla de tanto que le apretaba. Los ojos se le nublaron.
—¡Yo sé perfectamente quién soy! ¡No voy a estar soñando con subir de nivel como si fuera un cuento!
Esa frase le sonó familiar a Federico.
Se quedó callado unos segundos, luego la soltó.
—Que no se repita.
Se refería a que Gloria se hubiera salido sin avisar y, encima, con Jaime.

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