Hablar con Jaime era perder el tiempo.
Como no se lo podía quitar de encima, Gloria decidió acabar rápido.
Agarró cualquier blusa, ni se la probó, y cuando Jaime se distrajo, pagó en chinga.
Cuando Jaime reaccionó, Gloria ya iba saliendo con la bolsa.
Se fue directo a la salida, lista para irse, pero al pasar por una tienda de cosas para recién nacido se detuvo sin querer.
Ropita, zapatitos, juguetes… todo le jaló la mirada.
Desde hace tiempo quería comprarle cosas al bebé. Su plan era hacerlo cuando se fuera de Belgrano Norte.
Pero la fecha se le había ido recorriendo una y otra vez.
Jaime la alcanzó y, al verla en la entrada, preguntó con curiosidad:
—Tú ni estás embarazada ni tienes hijos. ¿Qué te interesa de esto?
—Yo… —Gloria se frenó, como volviendo en sí—. Es para el bebé de mi mejor amiga.
Y se disponía a seguir caminando.
Jaime la agarró del brazo y la metió.
—Si es tu mejor amiga, ¿cómo que te vienes de viaje y no le traes un detallito? Ándale, entra a ver.
La jaló sin darle chance de zafarse.
Una empleada se acercó, amable.
—Buenas tardes. ¿En qué les puedo ayudar?
—No… —Gloria negó con la cabeza.
—Es regalo. Pregúntele a mi esposa; ella va a escoger —la interrumpió Jaime.
La empleada se emocionó más y volteó con Gloria.
—Señora, ¿es para una embarazada o para un recién nacido? ¿Ya nació? ¿Niño o niña?
Con cada “señora”, Jaime respondía encantado.
Gloria se quedó viendo los estantes llenos de cosas para bebé y ni se acordó de aclarar la relación con Jaime.


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