Gloria sintió que ya era necesario hablar bien con Jaime.
Subió con su comida, y mientras comía le mandó mensaje.
[Señor Granados, yo soy una persona común. No me aviente al fuego.]
No pasaron ni unos segundos cuando tocaron.
—Gloria, soy yo.
Gloria iba a levantarse, pero volvió a sentarse y siguió escribiendo.
[No lo quiero interrumpir. Podemos hablar por mensaje.]
Afuera se hizo silencio. Luego le llegó la respuesta.
[Yo no te aviento. Irene tampoco te va a dejar en paz. Tú tranquila: no voy a dejar que te hagan menos.]
Gloria: [Si vuelve a hacer esto, no me culpe si ya no le guardo las formas.]
No estaba negociando; le estaba avisando.
Pero su firmeza no logró que Jaime cediera.
[La próxima me fijo. Voy a procurar no ponerte en una situación incómoda.]
O sea: lo iba a seguir haciendo, solo que con más “cuidado”.
Pero Gloria no quería “cuidado”. Quería que parara.
Apagó el celular y lo aventó a un lado. Su carita se le llenó de fastidio.
Le dio vueltas y, al final, le mandó otro mensaje.
[Usted sabrá.]
Se oyeron pasos en el pasillo. Jaime se fue.
A las tres de la tarde, Gloria volvió a escuchar movimiento afuera.
—Entonces, terminando en el cañón, vamos a buscar dónde comer por ahí.
Irene hablaba sin parar, pegada a Federico.
—En la noche hay fuegos artificiales en el parque, ¡yo también quiero verlos!
Federico iba en ropa casual; la mirada no se le despegaba de ella.
—Fíjate por dónde vas. No te vayas a estrellar.
Irene caminaba de espaldas, ladeando la cabeza para verle la cara.
—¡Primero dime si te late mi plan!
—Me late —Federico estiró el brazo y cubrió la esquina de la pared para que Irene no se golpeara.


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