Desde el comedor llegaba un apetitoso aroma a comida y el crujido de algo friéndose en la sartén.
Federico, que llevaba puesto un delantal gris oscuro, estaba ocupado en la cocina. Al escuchar pasos, volteó a mirar.
Gloria bajó con determinación, con un montón de palabras preparadas, pero al ver esa escena hogareña, todo se le atragantó en la garganta.
—¿Lalo aún no se despierta? —fue Federico quien rompió el silencio—. Ve desayunando, voy a subir a verlo.
Sirvió el huevo frito en un plato, lo acompañó con tocino, agregó un par de tostadas, sirvió un vaso de leche tibia y lo llevó todo a la mesa.
—Ya no quedan víveres en casa. Come esto por ahora, y cuando Lalo se despierte salimos a comprar más cosas.
Federico dejó la bandeja sobre la mesa, se quitó el delantal, lo dejó colgando en el respaldo de la silla y se giró para subir las escaleras.
—Federico —Gloria reunió todo su valor para hablar.
Los pasos del hombre se detuvieron.
Ella se dio la vuelta, obligándose a mantener la calma.
—Anoche dijiste que me explicarías todo al llegar a casa.
Federico, parado al pie de la escalera, tensó su imponente figura antes de girarse para mirarla.
—¿Y si te digo que no hay nada que explicar?
Las pupilas de Gloria temblaron; bajó la mirada, y su corazón, que ya estaba destrozado, dio un último vuelco antes de apagarse por completo.
—Cuando hablamos de volver, el acuerdo establecía que, si el asunto de los Mendizábal se resolvía, terminaríamos el trato por adelantado. Ahora que ya está resuelto, yo…
—No estoy de acuerdo.
Federico regresó sobre sus pasos. Al pronunciar esas cuatro palabras, desprendió un aura de imposición que envolvió a Gloria por completo.
Ella retrocedió un par de pasos, apoyando su delgado cuerpo contra el mueble de la vajilla, acorralada. Frunció el ceño mirándolo fijamente.
—No importa si estás de acuerdo o no…
—Tú prometiste que pensarías muy bien lo de anular el acuerdo.
—Pues este es el resultado de pensarlo. Quiero terminar el matrimonio ahora mismo.
Gloria soltó todo de golpe, dejando su postura clara en pocas palabras.
La atmósfera alrededor de Federico se volvió gélida. Al fruncir el ceño, sus ojos se oscurecieron hasta volverse insondables.
—Sí, te oculté algo. El acuerdo…



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