Eran las vísperas de fin de año.
Federico regresó a las cuatro y media de la tarde, y en el camino compró un pequeño mousse de papaya.
En el pasado, la había visto comer ese postre de aroma peculiar y penetrante, cerrando los ojos para disfrutarlo con deleite.
Sin embargo, a él nunca le había gustado ese olor dulzón y pesado.
Por eso, la primera vez que la vio comerlo, su expresión no fue la mejor, lo que provocó que el rostro relajado de Gloria se transformara rápidamente en uno de cautela.
Después de eso, nunca más la volvió a ver comerlo.
Hoy, al pasar por aquella pastelería y ver el postre a través del cristal, detuvo el auto de inmediato.
—Señora, el señor ha vuelto.
En cuanto el auto de Federico entró en la mansión, una de las empleadas llamó emocionada a Gloria. —¡Hoy es una fecha especial, el señor seguro regresó temprano solo para acompañarla!
Gloria no esperaba que volviera tan temprano hoy.
Tratándose de las vísperas de fin de año, si volvía temprano, ¿no debería haber ido a la Mansión Córdoba para pasar la velada con su familia?
La familia Córdoba tenía muchas reglas; era obligatorio cenar en familia una vez a la semana y reunirse en los días festivos. A menos que estuviera verdaderamente abrumado de trabajo, Federico jamás faltaba.
—¿Qué trae el señor en la mano?
La empleada notó que parecía una caja de postres.
Pero le costaba creer que algo así estuviera en las manos de Federico.
—¡Ah! —balbuceó Lalo, ladeando la cabecita mientras veía acercarse a Federico, levantando sus bracitos regordetes.
Federico dejó las cosas sobre la mesa de la entrada, se lavó las manos y tomó a Lalo en brazos.
—Te traje esto. Pruébalo.
—Creí que no te gustaba este olor.
Gloria lo miró, su corazón dio un vuelco y no pudo evitar que las comisuras de sus labios se curvaran en una sonrisa.
Federico respondió: —Mientras a ti te guste, está bien.
Esa breve y directa conversación hizo que las mejillas de Gloria se encendieran.

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