Después de escuchar aquellas palabras de Federico, sintió que vivía dentro de una burbuja de ilusión.
Un futuro hermoso y prometedor que, sin embargo, le parecía completamente irreal.
Fue justo como cuando se casó con Federico al principio. Le tomó muchísimo tiempo procesar que, de hecho, se había casado con el hombre del que estuvo enamorada en secreto por tanto tiempo.
Había llegado a creer que, entre tantas personas en el mundo, ella era una afortunada excepción tocada por la gracia divina.
Fueron dos años de un matrimonio sin amor los que la trajeron de vuelta a la cruda realidad.
Y ahora, la historia se repetía. Había vuelto a tropezar con la misma piedra.
Alimentó esperanzas solo para verlas hacerse pedazos de nuevo.
—Ya tomé una decisión. Voy a anular este acuerdo con él lo antes posible y me iré de Belgrano Norte.
Gloria pronunció cada palabra con firmeza y sin titubeos.
Virginia Reinoso, al otro lado, se quedó sin aliento. Pasó mucho tiempo antes de que lograra decir algo.
Quería preguntarle qué había ocurrido, pero temía que al hablar más, Gloria se dejara llevar por las emociones, sobre todo estando sola.
—Respeto tu decisión, pero ya es muy tarde. Trata de descansar un poco y mañana hablamos con calma.
—Está bien —respondió Gloria con un simple monosílabo.
Tras colgar, se echó agua fría en la cara; su mente estaba más clara que nunca.
El futuro de Lalo no era un juego, no podía arriesgarse a perderlo.
Por su parte, apenas terminó la llamada, Virginia reservó inmediatamente un vuelo a Belgrano Norte.
Yolanda entró a su cuarto para llevarle un vaso de leche. —Ya es muy tarde, tómate esta leche tibia y acuéstate.
—No, mamá —respondió Virginia sin siquiera levantar la mirada—. Ya no la quiero. Ayúdame a cuidar a Bruno, ¡acabo de comprar un boleto para viajar a Belgrano Norte esta misma noche!
Yolanda la miró sorprendida. —¿Qué pasó para que tengas tanta urgencia de ir allá?
—Gloria tiene un problema y debo ir a verla de inmediato. Yo... —Virginia se detuvo a mitad de la frase, como si recordara algo, y miró fijamente a Yolanda.
La expresión de Yolanda cambió sutilmente y frunció el ceño.
—Mamá, no intentes detenerme. Entiendo si no quieres perdonarla por el resto de tu vida y respeto eso, pero no pienses que me vas a prohibir tener relación con ella, ¡porque no lo voy a hacer!
Virginia se levantó, sacó una maleta de un rincón y empacó un par de mudas de ropa.


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