—¿Adónde fueron Gloria y Federico? —preguntó Doña Valentina de Córdoba, girándose hacia Margarita.
Margarita negó con la cabeza. —No lo sé. El señor me dijo el otro día que trabajaría desde casa y me pidió que viniera a la Mansión Córdoba para cuidar de ustedes dos.
Don Mariano Córdoba refunfuñó. —Con el niño tan pequeño, lo deja botado y se va. ¿No le preocupa que no se adapte y empiece a llorar?
—Seguro es algo importante, si no, el señor no lo habría dejado. Normalmente cuida a Lalo con mucha dedicación.
Margarita no esperaba que Federico fuera tan minucioso y atento a la hora de cuidar a un bebé.
—Entonces…
Las quejas de Don Mariano continuaron, pero antes de que pudiera decir algo más, Doña Valentina lo interrumpió.
—¿Por qué hablas tanto? Si él no hubiera dejado al bebé, ¿cuándo tendrías la oportunidad de verlo?
Doña Valentina le lanzó una mirada fulminante y se apartó un poco, abrazando a Lalo.
—¿Lalo? Es un nombre hermoso. Lalo, pórtate bien y juega un rato con esta abuela, ¿sí?
La señora tenía tanto miedo de asustar al bebé que afinó la voz al máximo para hablarle.
Lalo movió sus pequeños bracitos y luego le dedicó una gran sonrisa.
—Vaya, ¿este niño solo tiene cuatro meses? ¿Ya le salieron dientes?
Doña Valentina se sorprendió mucho al ver esos dos dientecitos blancos. —A Federico y a Paulina también les salieron los dientes muy temprano.
Margarita no se atrevió a seguir el hilo de esa conversación.
Federico planeaba contarles personalmente a los abuelos sobre el origen de Lalo. Si a ella se le escapaba algo, sería un desastre.
—¿Entonces ya puede comer algo sólido? —preguntó Don Mariano de repente.
Doña Valentina puso los ojos en blanco por la rabia. —¿Acaso no piensas antes de hablar? ¡Un bebé tan pequeño no come nada más que leche!
—Yo nunca he criado a un niño, ¿qué tal si me dejas cargarlo un momento? —preguntó Don Mariano, a modo de prueba.
Doña Valentina le dio la espalda. —No sabrías cómo hacerlo, hazte a un lado.

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