—Esto no tiene nada que ver con lo que me haya dicho Lucas.
Aunque sus palabras la habían sacudido, Gloria aún conservaba la cordura. Sabía que la veracidad de esa historia estaba en duda. Pero que Federico se hubiera atrevido a llevar a Lalo a la mansión por su cuenta…
—La custodia de Lalo aún no está definida. ¿No te da miedo que se ilusionen, se angustien y su salud empeore por esto?
Más que el hecho de que Federico supiera la verdad, a Gloria le aterraba que Don Mariano y Doña Valentina lo descubrieran. Nadie sabía mejor que ella cuánto ansiaban tener un bisnieto.
Si se enteraban, presionarían para acelerar su reconocimiento de linaje oficial. Ellos ya eran mayores y su salud se deterioraba cada día; un shock así no les haría ningún bien.
La expresión de Federico se suavizó ligeramente.
—Aún no saben quién es realmente Lalo.
Gloria sintió que todas las quejas que tenía listas se le atragantaron. Tenía un nudo en la garganta y no pudo pronunciar palabra.
—El tema de la custodia es algo exclusivo entre tú y yo. Que alguien más lo sepa no va a cambiar el rumbo de las cosas, de eso puedes estar segura.
La razón por la que Federico no les había revelado la verdad a los ancianos aquel día en la mansión, era precisamente para evitar que usaran el chantaje emocional contra Gloria y la pusieran en un aprieto.
Gloria, que de por sí ya se sentía culpable con ellos, sintió una punzada en el corazón.
—Federico, ¿puedes responderme una pregunta?
—Dime.
—¿Por qué cancelaron la boda tú e Irene?
Gloria clavó la mirada en él, negándose a perderse un solo microgesto en su rostro.
Federico dudó un segundo, pero luego respondió sin titubear:
—Irene y yo nunca estuvimos juntos por amor. Es un asunto complicado, pero no cancelé la boda por ti.
—Ah. Ya veo.
Una respuesta tan ambigua no lograba despejar las verdaderas dudas que la carcomían. Gloria se dio la vuelta, se colgó el bolso al hombro y caminó hacia la salida.

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