Ella había entrado a la empresa por dinero; el amor había surgido después.
Su expresión se relajó, pero de repente no supo cómo continuar la conversación.
La vida de Federico era sumamente monótona, jamás veía telenovelas.
De vez en cuando, hojeando noticias de negocios, veía a millonarios proponiendo matrimonio con acrobacias en helicóptero y mensajes de amor en pantallas gigantes en el centro de la ciudad.
Pero eso era puro espectáculo. ¿Cómo interactuaban en privado?
No tenía la menor idea, y por eso se quedó en blanco.
A Gloria no le importó que no supiera qué responder.
Sus interacciones con Federico se habían limitado a un trato fríamente profesional en la oficina o a momentos íntimos intensos en la cama. No existía nada que se pareciera a una interacción sentimental entre ambos. Se sentía muy incómoda.
Aprovechando que Federico estaba perdido en sus pensamientos, terminó rápidamente la comida, tomó la carriola de Lalo y se dio la vuelta para irse.
—Espera —la detuvo él—. En los próximos días Margarita estará en la mansión, así que trabajaré desde casa.
—De acuerdo.
Gloria asintió y añadió:
—Entonces yo me levantaré a preparar el desayuno.
—Bien. Y yo cuidaré a Lalo.
Los dos dividieron sus tareas con total naturalidad.
Gloria se lo pensó un segundo y regresó.
—Termina de comer rápido y yo recogeré la mesa.
—No hace falta. Tú ve a bañar a Lalo, yo me encargo de esto.
Federico se levantó, se remangó la camisa y empezó a limpiar la mesa.
Lalo estaba muy tranquilo en su carriola, así que Gloria estaba a punto de acercarse a ayudar cuando lo escuchó hablar de nuevo.
—Si tienes tanto tiempo libre, deberías darme una respuesta cuanto antes. Y si aún no te decides, ve a pensarlo a otro lado con calma.
Gloria dio media vuelta al instante y se llevó a Lalo escaleras arriba.
Una atmósfera extraña y tensa comenzó a expandirse por la casa.
Apenas puso un pie en la habitación, su celular empezó a sonar. Era una videollamada de Virginia.

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