—Ya que hablas tan bien de Jaime, ven, déjame ayudarte.
Los borrachos sueltan lo primero que se les viene a la cabeza, sin pies ni cabeza.
Raúl ya no tenía ni idea de lo que había dicho, solo sabía que le dolía el golpe.
Federico le sacó el celular del bolsillo y Raúl ni siquiera intentó recuperarlo; a los pocos minutos, se quedó completamente dormido en el suelo.
Federico usó el teléfono de Raúl para enviar un par de mensajes, luego le pidió a un mesero que lo ayudara a llevarlo a una habitación del hotel para que descansara, y finalmente se marchó a casa.
El coche de lujo se perdió en la oscuridad de la noche mientras Irene salía de su escondite.
Había planeado buscar otra oportunidad para hablar con él.
Pero no contaba con que Raúl terminara tan borracho y que Federico se fuera directo a su casa, dejándola sin opciones.
Sin embargo... ¿qué fue lo que balbuceó Raúl?
¿Que Gloria iba a volver a trabajar? ¿En Grupo Larrinaga?
Irene se quedó mirando en la dirección por donde había desaparecido el auto de Federico. Sacó su celular y llamó a Martina Arrieta.
—Martina, tengo que contarte algo. Gloria entró a trabajar a Grupo Larrinaga...
***
La casa en Bahía Montero estaba a oscuras.
Gloria bajó las escaleras guiándose por la luz de la luna para servirse un vaso de agua en el comedor. Como no encontraba su vaso de siempre, decidió sacar uno nuevo de la alacena.
Desde que Margarita empezó a trabajar ahí, había reorganizado todos los muebles.
Gloria revisó varios de los cajones inferiores sin éxito, así que tuvo que ponerse de puntillas para buscar en los estantes superiores.
Por fin vio un vaso en un rincón de la repisa más alta y estiró el brazo para alcanzarlo.
El movimiento hizo que su camisón se levantara un poco, dejando al descubierto sus piernas esbeltas. Al perder un poco el equilibrio, su vientre quedó presionado contra el borde del mueble.
Justo cuando estaba a punto de tocarlo, una mano grande y firme se le adelantó y tomó el vaso.
Gloria bajó los talones de golpe y se dio la vuelta por instinto.
Con ese leve movimiento, terminó chocando de lleno contra el pecho de Federico y quedó atrapada entre él y la alacena.
Federico dejó el vaso a un lado, apoyó ambas manos en el borde del mueble y se inclinó hacia ella.
—¿Qué haces en medio de la noche con las luces apagadas?
Al decir esto, Federico no respondió. Solo la miró con esos ojos profundos e inescrutables, sin siquiera parpadear.
—Hazte a un lado —le exigió Gloria.
—¿Es absolutamente necesario que regreses a ese trabajo? —preguntó Federico.
—Por supuesto —respondió Gloria sin dudar.
Federico frunció el ceño y apretó los labios.
—¿Y no te duele dejar a Lalo?
Esas simples palabras derrumbaron la firmeza de Gloria.
Por más que se hubiera mentalizado y convencido mil veces de que volver al trabajo era la única forma de darle un mejor futuro a su hijo, en el fondo le partía el corazón separarse de él.
—Ese es asunto mío. No te metas y déjame pasar.
Al captar la fugaz expresión de tristeza en su rostro, Federico quitó las manos del mueble, pero solo para rodearla con sus brazos y apretarla contra su pecho.
—Está bien, vuelve a trabajar. Pero quiero que te mantengas alejada de Jaime.

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