En el abrazo de Federico, el olor a tequila era aún más penetrante.
Sin embargo, su dicción era perfecta y su mirada lucía nítida; no parecía estar borracho en lo absoluto.
Gloria empujó suavemente su pecho. Apenas logró crear un par de centímetros de distancia entre sus cuerpos, él aumentó la presión y la abrazó con más fuerza.
—Prométemelo —susurró Federico cerca de su oído.
—Federico, esa es mi vida privada. No te incumbe —replicó Gloria, con una mezcla de fastidio y un toque de sarcasmo en la voz.
Acababa de regresar de verse con Irene y ahora se atrevía a exigirle que se alejara de Jaime.
Aunque su relación fuera por contrato, seguían siendo esposos. ¿A él se le permitía irse de juerga con otra mujer, pero ella tenía que mantener distancia con cualquier hombre?
Gloria había visto gente hipócrita, pero el descaro de Federico superaba todos los límites.
—¿Que no me incumbe? ¿Entonces a quién sí? —La fuerza en los brazos de Federico cedió un poco.
Gloria aprovechó el momento para liberarse.
—Mi vida solo le incumbe a Lalo.
Lalo era la persona más importante que tenía en este mundo. Todo lo que hacía era única y exclusivamente por él.
La tormenta que se había gestado en los ojos de Federico comenzó a calmarse. Apretó los labios, con expresión terca, y soltó:
—No te preocupes. Yo me encargaré de cuidar bien a Lalo.
Gloria se quedó completamente desconcertada.
Frunció levemente el ceño, dio media vuelta y se marchó. ¿Cómo habían pasado de hablar de su trabajo a que él se convertiría en la niñera de Lalo?
Federico sintió un vacío en los brazos cuando ella se alejó. Se enderezó y ladeó un poco la cabeza para observar su silueta alejándose.
No salió corriendo, pero era evidente que quería alejarse de él cuanto antes.
Al volver a su cuarto, a Gloria le costó muchísimo calmarse.
Dio vueltas en la cama durante horas y, cuando por fin empezaba a dormirse, Lalo se despertó y se le fue el sueño por completo.
—Es normal que como mamá se preocupe. Apenas se alejan un segundo y ya sienten que el mundo se acaba. Es muy comprensible. Váyase en paz, si pasa cualquier cosita le marcamos luego luego.
Ya eran las siete y media, así que Gloria tenía que salir para la oficina. Asintió, agarró su bolsa y se levantó.
—Se los encargo mucho, nos vemos al rato.
—Eso mismo, cuidaremos muy bien de Lalo. Si pasa algo le echamos un grito, váyase con cuidado... —secundó el ama de llaves, acompañándola hasta la puerta.
Lalo seguía dormido. Gloria se aguantó las enormes ganas de subir a verlo; se subió al coche, pisó el acelerador y se dirigió directamente a la empresa.
Mientras tanto, en su habitación, Federico observaba desde la ventana cómo el auto se alejaba de Bahía Montero. Su mirada era fría e implacable.
Al poco rato, Lalo despertó.
Federico lo aseó y lo vistió, y después bajó a desayunar.
—La señora Gloria nunca se había separado del niño, estaba súper nerviosa. Nos encargó muchísimo que, si usted no estaba en casa y pasaba algo, le marcáramos de volada —le comentó una de las empleadas.

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