Federico se quedó de pie, recto, con una presencia que aplastaba a César aunque fueran de estatura parecida.
—Si al señor Beltrán le parece, yo no tengo problema.
Los cuatro entraron al privado que Federico ya había reservado.
Era una mesa cuadrada para seis. Gloria quedó sentada junto a Federico; enfrente, César.
Pablo llegó después de estacionar. Al verla ahí, se le notó la sorpresa.
Sin decir nada, jaló una silla y se sentó del otro lado de Federico.
—César, ¿y tú cómo conoces a Gloria? —preguntó Vidal, en plan de plática.
César lo pensó un segundo.
—Un familiar lejano mío trabaja en el área de asistentes de Holding Rivadeneira. Nos presentó.
No dijo “cita”, pero se entendía perfecto.
—Si me hubieras dicho que se conocían, en esta colaboración te metía a ti también —dijo Vidal.
César acababa de entrar a Grupo Viker; su capacidad ya le había llamado la atención a Vidal.
Pero tenía poca antigüedad, así que todavía no le daba demasiada autoridad.
Ahora, si César conocía a Gloria y hasta la invitaba a comer, era porque podía haber algo.
Gloria llevaba años al lado de Federico; debía ser muy capaz y, además, tener peso para hablar frente a él.
Si ellos dos terminaban juntos, para Vidal eran puras ventajas.
—El señor Beltrán todavía está a tiempo de meterlo al proyecto —dijo Federico.
Se recargó en la silla, relajado, y miró de reojo a Gloria.
—Gloria es bien chambeadora. Que también se encargue un rato de lo de Grupo Viker.
Gloria se sintió atrapada.
—Ahorita traigo Consorcio Río Claro. La verdad no me da la vida.
—Qué lástima —dijo Vidal—. Ya será en la próxima, y lo armamos con tiempo.
Federico sostuvo el vaso entre los dedos. El líquido estaba frío, y esa frialdad pareció subírsele al pecho.
Todo él se sentía helado.
A media comida, Gloria fue al baño.
Pablo aprovechó y salió detrás de ella. La alcanzó y le preguntó:
—Oye… ¿me dijiste que al mediodía tenías algo y era esto? ¿Venir a comer con el de Grupo Viker?
—Sí —asintió Gloria.


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