Gloria quiso seguirle el juego, pero la verdad no era cercana a César.
Así que solo sonrió y dijo:
—Va.
Se sentaron en el segundo piso, junto a la ventana. César le hizo una seña a la mesera para pedir.
—Me eché una vuelta por reseñas de este lugar. Dicen que varios platillos de la casa están muy buenos.
Le pasó el menú a Gloria y le señaló algunos.
Gloria lo vio por encima y se lo devolvió.
—Yo no soy especial. Tú pide.
—Va. —César notó la distancia y decidió pedir directo—. ¿Qué vas a tomar?
—Agua natural.
Cuando terminó, le devolvió el menú a la mesera.
Al poco rato llevaron una jarra con agua.
César la tomó y le sirvió a Gloria.
—Sé que suena repetitivo, pero lo de mi mamá… sí quería agradecértelo en persona otra vez.
Gloria recibió el vaso con ambas manos.
—Con que ella esté bien, ya.
César se sentó, levantó su vaso y dijo, muy serio:
—Entonces brindo contigo… con agua.
Gloria se quedó un par de segundos en blanco y luego se le salió la risa.
Ella pensaba que era demasiado seria…
pero César era todavía más “cuadrado”.
—Bueno. Nos tomamos esto y ya no volvemos a hablar del tema.
Chocaron los vasos.
César aflojó un poco la cara, como dándose cuenta de lo solemne que se había puesto.
—Hecho. Ya no se menciona.
—Escuché que ahora tú llevas el proyecto de Consorcio Río Claro, con la gente de Grupo Larrinaga.
César cambió el tema.
Gloria asintió. Ese proyecto era bastante conocido; mucha gente lo ubicaba.
—En el medio se decía que Holding Rivadeneira y Grupo Larrinaga se traían pleito fuerte. No pensé que algún día fueran a colaborar.
Hasta César, que llevaba poco tiempo estableciéndose en Belgrano Norte, ya había oído el rumor de que esas dos empresas no se soportaban.
—No hay amigos para siempre, ni enemigos para siempre —dijo Gloria.
No le sorprendía que algún día terminaran trabajando juntos.


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