[Una comida no paga el favor, pero es lo mínimo. Cuando ya no esté tan ocupada, por favor avíseme.]
César era un hombre correcto, muy de formas.
Gloria ya no respondió. Dejó el celular, se acostó y el cansancio se la tragó; en nada se quedó dormida.
Los días siguientes, se la pasó yendo y viniendo entre el piso diecisiete y el último piso, tan ocupada que sentía que no tocaba el piso.
Pero ya no era Federico poniéndole el pie: era trabajo normal.
Sin darse cuenta, llevaba tres días sin ver a Federico.
En cada reunión, le pedía a Pablo que entrara con la grabadora. Luego ella transcribía y armaba el resumen para mandárselo por correo a Federico.
Cuando había comidas de trabajo, también iba Pablo con Federico.
Ese día, Gloria subió a buscar a Pablo y Leticia la detuvo.
—Gloria, César me dijo que ayudaste a su mamá a conseguir doctor.
Gloria asintió.
—Fue coincidencia, conozco a alguien.
Leticia se veía agradecida.
—Yo no tenía por dónde, ya me había topado con pared por todos lados. Nos ayudaste muchísimo. Por eso me pidió que te preguntara cuándo tienes tiempo para comer juntos.
—No te preocupes, en serio. Y no es por mala onda, pero estoy a reventar; tú lo ves.
Gloria se la pasaba subiendo y bajando todo el día; en la oficina de asistentes todos se daban cuenta.
Leticia dijo de inmediato:
—Mañana todos los del último piso tienen convivencia de equipo, en un hotel fuera de la ciudad. Cada quien va a andar en lo suyo; yo le digo que caiga.
—No…
—Ya quedó. Ahorita le marco.
Leticia no le dio chance de negarse; sacó el celular y se fue hacia el pasillo.
Gloria quiso alcanzarla, pero justo en ese momento Federico salió de su oficina.
El aire familiar de él le pegó de frente; Gloria se detuvo.
—Señor Córdoba.
—Ajá. —Federico respondió sin emoción y pasó junto a ella rumbo al elevador.


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