—Señor Granados —dijo Gloria, cerrando la expresión ausente. Sus ojos volvieron a enfocarse.
Jaime, en cambio, le leyó la cara al instante.
—¿Qué? ¿Sigues dándole vueltas a lo de Irene?
Gloria sonrió apenas y negó.
—No.
Su tono era educado, pero distante. Jaime no podía no notarlo.
—Ya investigué bien. Fue una tal Isabella. Quiso pasarse de lista, se metió con quien no debía y al final Irene pagó los platos… pero como era gente de Irene, pues ni modo: se lo buscó.
Gloria se quedó sorprendida. Y al pensar en Isabella, todavía más.
—Yo ya dejé claro allá que Irene no te va a estar molestando —añadió Jaime.
Él estaba convencido de que Irene le tenía miedo por el qué dirán, y que había cedido por su presión.
—¿Fuiste a ver a Irene?
—Claro —Jaime se dio un golpecito en el pecho—. Yo soy tu respaldo más firme.
Hacía días que Gloria lo trataba con cierta distancia, con cortesía.
Pero con esa frase, se le acabó la paciencia.
—No sé si “respaldo”, pero tú sí eres el que me quiere empujar al hoyo.
La sonrisa amable de Gloria desapareció.
Jaime sonrió, incómodo.
—¿Cómo crees? Es que me preocupo por ti. Ah, por cierto… escuché que vas a renunciar.
—No sé —dijo Gloria, con una sombra de preocupación en la mirada.
O sea: sí quería irse, pero algo la tenía amarrada.
Jaime no preguntó más.
—Si tienes un problema, puedes buscarme.
—Gracias, no hace falta —respondió Gloria, rebasándolo y caminando hacia la salida del hospital.
Jaime miró hacia el área de hospitalización, y apenas entonces le cayó la duda.
¿Qué hacía Gloria ahí?

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA