—En cuanto encuentre la oportunidad, voy a hacer que Gloria te pida perdón en público. ¡Aunque no quiera cargar con la culpa, se la va a tener que aventar!
En un asunto así, siempre alguien termina pagando los platos rotos.
La existencia de Isabella era prácticamente decirle a todo mundo que Irene había sido una ingenua por confiar en la persona equivocada.
Y eso, de todos modos, la dejaba mal parada.
Solo si le echaban toda la culpa a Gloria, Irene podía quedar como la víctima y salvar su reputación.
Irene se veía inquieta.
—¿Y si la familia Córdoba se entera…?
—Aunque se enteren, tu suegra va a estar de tu lado.
Helena le apretó la mano a Irene y se la palmoteó una y otra vez.
—Eres la nuera que más le gusta. ¡Le va a doler más verte lastimada que cualquier otra cosa!
A Irene se le iluminó la cara.
—Con tal de sacar a Gloria del camino, vale la pena cualquier cosa.
Estaban diciendo cosas “entre ellas”, de esas que no se cuentan, cuando la puerta del cuarto rechinó al abrirse desde afuera.
Helena se recompuso al instante y se levantó para ver.
—Ah, Federico… ya llegaste.
Federico entró despacio. Su mirada, fría y pesada, les pasó por encima.
Ese modo de verlas hizo que a las dos se les hundiera el estómago.
¿Habrá escuchado lo que estaban diciendo?
—Federico, ¿desde cuándo estás aquí? —preguntó Helena, tanteando.
—Acabo de llegar. —Federico dejó el portafolio sobre el sillón—. Mejor váyase usted. Aquí me quedo yo.
Helena tomó su bolsa del sillón, le hizo una seña a Irene y caminó hacia la puerta.
—Entonces te encargo a Irene.
Federico asintió apenas. Cuando Helena se fue, él jaló una silla y se sentó junto a la cama.
—Fede, ¿por qué llegaste tan temprano hoy?

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