—Aunque no tenga familia, también hay buena probabilidad de que haga compatibilidad con alguien más… No va a pasar nada —dijo Gloria, despacio.
Virginia estaba en cuclillas, recargada en la pared. Levantó la vista hacia Gloria.
—El problema es el dinero. Seiscientos mil… ¿de dónde vamos a sacar eso?
En cuanto lo dijo, a Gloria se le encogió el corazón.
Ese mal presentimiento que traía desde hacía días, de pronto se le hizo enorme.
Sin dinero… ¿cómo se iban? ¿Cómo renunciaba?
Gloria movió los labios, como queriendo decir algo, pero no le salió. Bajó la mirada hacia Virginia; el ceño apretado la hacía ver frágil, como si se fuera a romper.
Se quedaron en silencio.
El tiempo pasó, segundo tras segundo, y el ánimo de Gloria se fue hundiendo.
Al rato, Virginia se levantó y se paró frente a ella.
—Glori… no podemos hacer como que no existe. No…
No pudo decir la frase cruel.
Gloria supo exactamente a qué se refería y la completó por ella:
—No nos vamos.
Fueron dos palabras suaves, cargadas de pura impotencia.
Algo se le deshizo por dentro: amargura, lucha, una opresión que le cerraba el pecho.
Lo dijo tan bajo que Virginia dudó si lo había escuchado bien.
—¡Gloria! ¡Virginia! —Lucía apareció quién sabe desde cuándo. Llegó de prisa y las miró fijo—. Ya me dijo el doctor. ¿Qué, se van a pelar y van a dejar a Elena tirada?
Virginia se contuvo y volteó hacia ella.
—Estamos buscando cómo resolverlo.



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