—Ma, llegué tarde… ¿ya te morías de hambre? —dijo César en voz baja, cargando una comida en recipiente desechable mientras se acercaba a la cama de la mujer de al lado.
La mujer se incorporó y forzó una sonrisa.
—Todavía no. Estos días te he traído en friega.
—No pasa nada. Ándele, coma —dijo César, acomodándole la comida.
Pero cuando terminó, se dio cuenta de que no había cubiertos.
—Se me fue, por venir con prisas. Ahorita voy a comprar.
Su mamá lo detuvo de inmediato.
—No, no. Me como un pan y ya. La comida guárdala para la noche. Ya casi es hora de que regreses al trabajo; mejor recuéstate tantito.
—Ahorita es cuando más necesita comer bien —insistió César, apartándole la mano.
Pero ella volvió a agarrarlo.
Los dos se estuvieron echando carrilla un rato.
Gloria intervino en el momento justo:
—Yo tengo cubiertos. Úsenlos mientras.
Cuando regresaron con la comida al mediodía, ella había traído dos juegos extra.
La mamá de César se quedó un segundo en blanco y luego se acercó con una sonrisa para recibirlos.
—Muchas gracias.
—Señorita Loyola —dijo César, por fin notando que ella estaba ahí.
Gloria le sonrió a la mamá y luego le hizo un gesto cortés a César.
—Señor.
Solo se habían visto una vez, y fue por una cita arreglada.
Volver a encontrarse así, y encima en un hospital, era incómodo.
Gloria pensó que con un saludo bastaba, así que se sentó y ya no dijo nada.
Pero César, después de acomodar a su mamá para que comiera, se acercó a ella.
—Señorita Loyola… usted está aquí por…


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