Media hora después, en el Hospital General de Belgrano Norte.
Gloria se bajó del taxi y caminó a paso rápido hacia el área de hospitalización.
En el tercer piso, empujó la puerta y, sin alcanzar a ver bien qué pasaba dentro, alguien la tomó de la mano de frente y la sacó del cuarto.
Lucía la jaló hasta un rincón al final del pasillo. Antes de que Gloria pudiera reaccionar, Lucía ya estaba llorando.
—¿Cómo está Elena? —preguntó Gloria, con un nudo en la garganta al verla así.
—¡El doctor sospecha que es leucemia!
Lucía lloraba sin parar.
—Yo pensé que podía salir adelante, que podía ser como tú… y mira…
—No llores todavía. Aún no salen los resultados finales. No va a pasar nada —dijo Gloria, consolándola… y repitiéndoselo también a sí misma.
En Elena veía un reflejo de lo que ella misma había sido: una niña tranquila, aplicada, con buenas calificaciones.
Su historia ya daba tristeza, pero lo más duro era lo madura que era para su edad.
—Yo también quiero creer que no es nada… Elena todavía no sabe. No le digas —pidió Lucía, secándose las lágrimas y conteniéndose—. Virginia está con ella en el cuarto. Vamos a verla.
Gloria soltó el aire despacio, se recompuso un poco y siguió a Lucía de regreso.
El cuarto era compartido. En la cama de al lado había una mujer como de unos cincuenta y tantos; no se sabía qué tenía, pero el ambiente se sentía pesado.
Elena estaba recostada, con la carita pálida.
—Gloria —dijo al verla, sonriendo y estirando una mano delgada y sin color.
Gloria se sentó junto a ella y le tomó la mano con cuidado.
—A ver, Elena… ¿qué se te antoja? Yo te lo compro.
Elena negó con la cabeza.
—No hace falta. Lucía me compró un sándwich hace ratito.
La niña era alta y flaquita, con el cabello algo amarillento. Sus ojos negros eran limpios, transparentes, de una bondad que se notaba.
Gloria la miró y, sin darse cuenta, frunció un poco el ceño.
—¿Y al rato, para la comida? ¿Qué quieres?


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA