Pero cuando Federico se movía, no dejaba cabos sueltos.
No encontró ninguna salida.
—Entonces… ¿vas a firmar o no? —Virginia ya estaba desesperada—. ¿Nos vamos o no nos vamos?
Gloria guardó silencio unos segundos. Cerró el documento de golpe, respiró hondo y dijo:
—Sí. Firmo. Me voy.
Tomó la pluma y firmó.
Virginia se emocionó.
—Yo te apoyo. Si te quedas sin chamba, yo te mantengo a ti… y al bebé.
—Mañana lo entrego en Recursos Humanos. Te aviso.
En cuanto firmó, Gloria sintió el pecho más ligero.
Aunque todavía le quedaba una acidez rara, un sentimiento que no sabía nombrar.
Esa misma noche, Virginia se puso a empacar, feliz; se desveló de la emoción.
——
En el hospital, ya casi de noche, Federico se fue.
Apenas salió, la puerta del cuarto se abrió.
—Mamá, ¿por qué mandaste a Fede a su casa? En la noche me iba a cuidar…
La queja de Irene se cortó en seco.
La persona que entró no fue Helena, sino Jaime.
—¿Tú qué haces aquí?
Jaime metió las manos a los bolsillos, dio una vuelta por el cuarto y se detuvo al pie de la cama.
—Irene, a ver. Dime tú: ¿cómo fue que te caíste?
—Yo… pues Gloria me empujó.
Hoy había ido mucha gente a verla, y eso era lo que ella les había dicho.
¿Decir que se había resbalado sola? Qué vergüenza.
Jaime sacó algo negro del bolsillo y se lo puso enfrente.
—¿Reconoces esto?
Irene lo identificó al instante: era el tacón de su zapato.
Tenía una piedrita oscura, rojo-negruzca, muy bonita. Por eso lo había elegido.


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