Isabella soltó de inmediato una sonrisita servil y corrió a ponerse al lado de Irene.
—Señorita Orozco, si quiere saber el plan del compromiso, con que Gloria suba a explicárselo basta. ¿Para qué bajar usted misma? ¡Qué molestia!
En cuanto salieron del elevador, Isabella venía crecida, como si fuera una general victoriosa.
Y Gloria, callada de principio a fin, parecía la perdedora a la que cualquiera podía pisotear.
Irene solo pensó que eso le sabía a gloria.
No podía ni disimular la sonrisa. Le hizo una seña a Isabella.
—No es molestia.
Isabella le acercó de inmediato todos los documentos que ya traía listos.
—Señor Córdoba, señorita Orozco, aquí están todas las opciones. Échenles un ojo, por favor.
—Fede. —Irene tomó la carpeta y miró a Federico.
—Tú decide —respondió él, sin emoción. Sus ojos oscuros se le fueron, sin querer, hacia Gloria.
Irene buscó dónde sentarse, abrió los papeles y empezó a filtrar hoteles.
—Señorita Orozco, yo digo que Gloria vaya a ver los salones de cada hotel. Mejor hoy mismo en la noche, porque el tiempo está encima.
Isabella se inclinó, pegándose a Irene con tono zalamero.
Irene soltó un «ay» fingiendo ser considerada.
—¿No está medio feo? Ya es tardísimo.
—¿Qué tiene de feo? El señor Córdoba le paga a Gloria; lo que ustedes digan, ella lo hace. —Isabella miró a Gloria de reojo, con toda la intención.
Gloria siguió ahí, parada, sin moverse ni un centímetro.
Le llegaba el aroma tenue del perfume de él, y su mirada baja se quedó en las piernas rectas y firmes del hombre.
Federico se fue a la ventana, prendió un cigarro y fumó despacio. Entre la neblina, su mirada profunda se clavó en Irene.
Gloria no alcanzaba a leerle la expresión, pero estaba segura de que era suave… de esas miradas consentidoras.
—Gloria. —Irene alzó la vista hacia ella—. Te voy a pedir que vayas tú en persona, ¿sí?



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