Ahora que todo estaba pasando frente a sus narices, él simplemente lo dejó pasar.
Solo porque la que estaba abusando era Irene.
Con ella, no tenía límites.
Cuando Gloria llegó en taxi al primer hotel, ya eran las diez y media de la noche.
Le marcó a Isabella por videollamada, y con una sola frase Isabella la traía de un lado a otro: que si el salón, que si el exterior, que si el entorno.
—Ya. Vámonos al siguiente.
Isabella la estaba fastidiando a propósito, y encima ni ponía atención.
Gloria tomó otro taxi rumbo al siguiente hotel. En el camino, las noticias del compromiso de Federico e Irene no paraban de aparecer en tendencias, una tras otra.
Sin pensarlo, Gloria fue abriendo una por una. En la pantalla todo era “lujo” y “romance”; a ella le ardía en los ojos.
Y en el pecho le ardía como si tuviera algo atorado.
En el taxi, la noticia del compromiso la repetían una y otra vez en la radio.
Gloria apoyó la cabeza en la ventana. El aire que entraba por la rendija le pegaba en la frente, pero lo único que lograba era dejarla más revuelta por dentro.
Todavía alcanzó a ir a otros dos hoteles. Para cuando llegó al tercero, ya pasaban de las tres de la mañana.
Ella seguía en pie, pero Isabella ya no: Gloria le marcó dos veces y nadie contestó.
Así que Gloria se fue a la sala de descanso del hotel y se tiró en un sillón.
Sin darse cuenta, se hizo bolita y le ganó el sueño.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya era de día.
Gloria se levantó de golpe; se le aflojaron las piernas y estuvo a nada de caerse.
Unas manos firmes la sostuvieron a tiempo.
Por reflejo, ella le agarró la muñeca y siguió con la mirada ese antebrazo fuerte hasta arriba…
Jaime estaba ahí, sonriendo como siempre.
—¿Señor Granados? —Gloria lo soltó de inmediato y se enderezó.
—¿Y esa cara? —Jaime la soltó y regresó a sentarse en un sillón individual—. ¿No estabas aquí esperándome?
Gloria se acomodó la ropa. Al oír eso, se quedó quieta.
—¿Esperándote?
Jaime asintió y señaló el piso con la mirada.
—Esto es territorio de Grupo Larrinaga.

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